Identidad – Hannah Arendt

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Identidad - Hannah Arendt
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Identidad – Hannah Arendt

Hannah Arendt

Hola a todas y todos. La consigna a lo largo de toda la temporada ha sido el conocerse mejor, el autoconocimiento. Herramienta que nos empodera y nos permite acercarnos a ese estado de plenitud en que la vida tiene sentido. Por lo mismo, cierro la temporada con una mini serie donde hablaré de la identidad. Espero que disfruten el programa.

 

Durante toda esta segunda temporada he hablado de la importancia de la cultura y sus narrativas que crean un gran marco imaginario en el que nuestras libertades se desplazan. Este marco está constantemente moviéndose, antiguamente, en un terreno sólido y estable de tradiciones bien enraizadas, hoy en uno cada vez más líquido, casi sin sostén alguno. Por eso mismo, emití una serie de episodios de cambios de paradigma de nuestra época, esas transformaciones que regirán la cultura del hoy y del mañana en el cortísimo plazo. Dentro de estos cambios mencionaba al algoritmo de las redes sociales, moldeador de realidades, la amenaza del calentamiento global que nos volcará o debería volcar a otro estilo de vida, y de la obligación de pasar a un modelo económico más consciente. 

 

¿Ahora que carajo tiene que ver el calentamiento global con mi identidad? Como si las modas, tendencias o banderas que uno podría esgrimir moldearán quien soy. Pero es que siempre ha sido así, y no porque uno sea más débil de carácter o menos original, sino porque sin este marco en que se mueven nuestras libertades, no tenemos orientación. La oferta de identidades pareciera infinita, pero en realidad no es tan así. Y cuando hablo de identidades,  me refiero desde a tu gusto musical, hasta tu orientación sexual. 

 

Paul Auster, el escritor contemporáneo estadounidense, en su novela 1,2,3,4, describe esto de manera indirecta, pero con enorme talento, al narrar cuatro potenciales vidas de sí mismo, iniciandolas en el mismo punto durante su infancia. El sigue siendo el mismo biológicamente, sus padres son los mismos, y su ciudad de nacimiento igual, pero los azares de la vida, van distanciando cada una de estas cuatro biografías hasta puntos en que son casi irreconocibles entre cada una. En dos de estas cuatro vidas el termina siendo  bisexual, o homosexual. Paul Auster, aún vivo, casado y con hijos, entiende el poder de la cultura, el poder que un abuso, o un encuentro en el momento justo puede cambiar la vida para siempre.

 

En la Grecia de pericles, en el siglo V A.C eran normalizadas las relaciones pederastas. Era normal y socialmente aceptado que un hombre mayor intentara seducir a jóvenes, también varones. Culturalmente estas relaciones pederastas establecían el vínculo entre discípulo y maestro, donde el mentor elegía a su pupilo de esta forma. Era mucho más que una relación carnal, sino una forma de transmitir conocimiento ¿Buena o mala? Eso es otra discusión. Pero en los griegos, una de las cunas del mundo occidental, no existía una hegemonía de lo heteronormativo, ni era mirado con desprecio o de raro o de pervertido aquel que practicara otro tipo de relaciones sexuales. Por lo mismo brotaban las relaciones homosexuales, porque no eran reprimidas, no solamente desde la ley, sino desde la cultura. En una era donde nos hemos volcado únicamente hacia la verdad científica, hemos reducido la cultura a poco más que costumbres y manifestaciones artísticas, cuando esto es mucho mayor.

 

Ya sé que estás pensando, eso es el relativismo al extremo, a mi me gustan demasiado las mujeres, o los hombres, yo soy heterosexual, me dirás, es biologico. Que siempre hay una esencia en cada ser inmutable, imposible de modificar.

 

Pero ¿Cuál es esa esencia? Precisamente, esa pareciera ser la identidad.

 

¿ Pero la identidad es lo que creemos que somos o la forma en que nos ven los demás ? Sartre, el existencialista francés, en su obra de teatro Huis Clos o A puerta cerrada en español, arroja tres personajes en escena, atrapados en lo que vendría a ser el infierno. El cual es descrito como un mundo sin espejos, en que ningún personaje tiene memoria, y en el cual la identidad de cada uno se va formando a través de la perversa mirada del otro. Sartre pareciera decirnos que el infierno es el otro.

 

Tu trayectoria vital de poco importa, y mucho menos tus anhelos, eres la etiqueta que se te ha puesto, y como ser sin memoria y visibilidad, no tienes opción de reinvención, solo te queda acatar. Eres el que hizo trampa en aquel examen, el ladrón, el que golpeó a su pareja, etc. Esa es la otredad nefasta, la que te encasilla y te hace sufrir por no reconocer tus subjetivas virtudes. 

 

Es que siempre hay una grieta entre lo que nosotros creemos que somos, y la idea de los demás. Esa falta de reconocimiento es uno de nuestros grandes dolores. Podrás rebatir, a mi que importa lo que piensen los demás, pero si en tu trabajo, no valoran tu esfuerzo, el cual no se ve recompensado, si te está afectando. Si la persona que amas no se da cuenta de tus virtudes, también te afectará. La grieta siempre está latente. En una democracia liberal, donde se pregona la autenticidad, y salir de la uniformidad, el brote de tribus urbanas o  identidades se ha multiplicado: de religión, orientación sexual, género, etnias, etc. Cada una esgrimiendo sus razones para ser reconocidas y respetadas.  

 

Es esta la gran batalla cultural que se vive día a día, la cual se ve aún más acentuada en la economía de mercado que predomina en occidente, donde la eficiencia en el intercambio, nos ha ahorrado muchísimo tiempo. Ya no hacemos filas, ni tampoco tenemos que pedir recomendaciones al amigo o conocido que efectuó la misma compra. Todo eso lo obtenemos en internet. Esta forma de intercambios ayuda a  poner en pausa las identidades. Un chino puede comprarle cobre a un chileno, sin que ambos tengan puta idea de sus tradiciones y culturas. Y no hay que forzar tanto el ejemplo, hoy puedes comprar casi cualquier cosa con un click, sin tener que enfrentarte con un vendedor o algún artesano del producto que sea. No necesitas explicar tu necesidad ni explicar tu trayectoria y  biografia para ayudar al vendedor. Este punto de la eficiencia o monetización de las relaciones sociales, se contradice con las banderas de “sé tú mismo” de la democracia liberal. Inevitablemente hay algo que queda huérfano, un vacío que busca un reconocimiento. Por ahí es que se cuelan, con tanta fuerza las exigencias de ser reconocido. Por ahí se cuela cada vez más la orfandad y la búsqueda de la identidad.

 

Para aterrizar más en ejemplos, hablaba el otro día con un amigo mexicano músico, sobre su recorrido musical. Me decía que él se mataba escuchando y tocando el glorioso rock en su juventud, a lo que su tío, su referente más cercano, le indicaba que estaba bien, pero le fruncía el ceño que faltaba algo mexicano. Para su tío, como para tanta gente, el rock es solo en inglés.

Resulta que ese algo lo entendió viviendo afuera. Se dio cuenta viviendo en Francia de su identidad de músico latino, se dio cuenta que los instrumentos no eran los mismos, ni los ritmos, ni el folklore, ni el idioma, ni la gente. No hablaba la misma lengua musical cuando buscaba con quien tocar música, se sentía alienado, se sentía mexicano en el extranjero. Hoy, éste músico se ha descubierto y cambió la guitarra por la jarana, instrumento de cuerdas mexicano,  y ha cambiado el rock por la música latina con ritmos caribeños africanos, y toca con un colombiano, un venezolano, y un francés. Y sobre todo se siente cómodo.

 

Como decía Jung, todo lo que nos irrita sobre los otros nos puede ayudar a entendernos. Mi amigo se descubrió en la otredad. Se vio en el espejo por primera vez con ojos más franceses y descubrió su mexicanidad. A todo inmigrante le pasa, eso es lo rico de vivir en el extranjero, hay nostalgia y lejanía, pero hay descubrimiento. 

 

Pero ¿Cuanta otredad puedes soportar? 

 

Cuánto de lo externo o ajeno puedes soportar. Y no me refiero precisamente al choque cultural, o el concepto homesick, que quien haya viajado por extensos periodos de tiempo o sea inmigrante se haya encontrado con esta sensación de desorientación, extrañeza, o ese impacto por pasar a moverse de una cultura familiar a una que es desconocida. Pero la otredad es más profunda y más cercana, la otredad la puedes vivir dentro de un grupo de amigos o en tu propia familia, como Zavalita, el personaje principal de la brillante novela de Vargas Llosa – Conversación en la Catedral, que se distancia de su familia por motivos políticos, pero sobretodo, por sentirse ajeno a su propia familia. Esto también lo trabaja Clint Eastwood en sus películas Gran Torino y sobretodo en Million dollar baby, donde Hillary Swank interpreta a una fiera joven que busca hacer una tardía carrera en el box pese a las burlas y desprecio de su familia, inclusive en los momentos más duros para ella, nunca hay empatía, pero en esa carrera de boxeadora en ella hay belleza, verdad y descubrimiento. 

 

Todos estos ejemplos, el de Vargas Llosa, Clint Eastwood y mi amigo mexicano, son de una otredad de enajenación.

 

El otro camino a la otredad es la asimilación. El conceder tanto tu propia identidad por integrarte a un grupo, sin saber, o aún pero sabiendo, que esa concesión crea un constante vacío y una insaciable sed de identidad, la cual se puede expresar de la peor forma. 

 

Hannah Arendt, la filósofa judeo alemana, en su libro Eichmann en Jerusalén,  narra el juicio en Jerusalem a Adolf Eichmann, ex criminal de guerra nazi y uno de los mayores organizadores del holocausto y de la Solución final, que era eliminar a los judíos.

 

En el imaginario, y con justa razón, tenemos a los nazis como criminales sin misericordia, ni escrúpulos, megalómanos, racistas y ejemplificadores del mal. Un precedente y alerta histórica para el futuro de la humanidad. Hannah Arendt, es enviada a Jerusalén a seguir este juicio y su desenlace por la revista The New Yorker, y el descubrimiento de Arendt, fue no encontrarse con un sofisticado burocrata asesino, genio del genocidio y de técnicas de tortura, y antisemita, sino que todo lo contrario, se encontró con un ser normal, sin problemas psicologicos, esto certificado por seis psiquiatras, casi tonto, sin talentos, ni culto, y sobretodo para nada antisemita, Eichmann no era motivado por el odio racial, o una trayectoria de resentimiento hacia el pueblo judeo, sino simplemente por una promoción de trabajo.

 

Arendt, dice que un ser humano se divide en tres categorías : labor, trabajo, y acción. Labor corresponde a todas las actividades que nos permiten estar vivos biológicamente, comer, ir al baño, dormir, cosas que si no hiciéramos moriríamos. La segunda categoría es lo que llamamos trabajo, es lo que hacemos para producir el mundo material en el que vivimos, autos, ventanas, seguros, etc. Y una última categoría es acción, o el reino de lo político, lo que se compromete con el mundo público. Esta última categoría es donde toda guerra comienza, todo Estado nace y  sobre todo es la categoría que le da una razón y una utilidad a la categoría del trabajo.

 

Para Arendt, y su crítica a la modernidad, es que esta última categoría se ha dejado en la mano solo de algunos, y es lo que llevó y explicó los grandes desastres del totalitarismo. Hemos dejado de lado esta categoría, que tan presente era en la mencionada Grecia de pericles, donde lo político, no era un medio para un fin, sino, que era el fin. Un espacio de deliberación y también de expresión. Todo es político . Pero en la sociedad de hoy, según Arendt, nos hemos quedado con un ser que sólo vive sus primeras y segundas categorías, un ser que se autodefine básicamente desde la categoría del trabajo. ¿Quién eres? Soy ingeniero, soy profesor de historia, soy banquero. Pero cada vez  que respondes de esta forma a esta pregunta, en la situación social que sea, hay un gusano en tu estomago que te corroe, un vacío, una orfandad. Es que somos mucho más complejos que el homus economicus, del que hablaba en el episodio de crecimiento económico. Somos mucho más que estatus, y poseer cosas, sino expliquenme porque la gente rica también es miserable. Porque solo tu profesión explica todos tus valores y creencias más profundas. Que tiene que ver tu identidad con el teléfono que posees, el reloj en tu muñeca y las zapatillas con las que corres. Por mucho que entres en esa carrera estúpida, y vayas saciando y reafirmando tu identidad de esta forma, siempre habrá un vacío imposible de llenar.

 

Le preguntamos a los niños ¿ Qué quieres ser cuando sea grande? y no ¿Quien quieres ser? Sin embargo, estos ya normalizados por la cultura moderna responden con una profesión. Cuando la respuesta debería ser algo similar a la de John Lennon, que respondió cuando niño:  quiero ser feliz.

 

Por eso tomar una postura sobre un asunto público nos reconforta y da miedo a la vez. Es posicionarse, identificarse, y sobre todo comunicar al otro que así pienso respecto a un tema. Es solo a través de la acción que podemos disminuir la grieta de identidad entre lo que pensamos que somos y lo que piensan que somos. Lo platónico y contemplativo, no sirve para saciar esa sed de identidad según Arendt, tenemos que entrar a la arena de lo público y reafirmar nuestras convicciones y valores. Es por eso que uno se siente tan bien en las marchas pacíficas, si, por la complicidad de compartir valores con un grupo y encontrar tu tribu, pero sobre todo por afirmar una creencia que exhibes en lo público. Si, voy a la marcha del gay pride, me importa un carajo si piensan que soy gay o no, pero reafirmo mi creencia de anti homofobia y la libertad de expresión de esta minoría, afirmando mi libertad, mi identidad. 

 

Pero lo político hoy en día se ha reducido en entrar en tu red social favorita, leer o ver el video de la cuenta que te sugiere el algoritmo y compartir esa “noticia” con tu grupo de whatsapp, que por lo general piensan igual a ti o compartir el meme de turno.

¡ No es suficiente ! Hay una orfandad muy grande en la forma en que hoy concebimos la modernidad. Y ojo, que digo todo esto de manera autocrítica también, porque en las dos asociaciones o grupos políticos que me he acercado he terminado por alejarme. Pero tengo claro que gran parte de mi plenitud está en lo público, dónde puedo reafirmar mi identidad. Y este Podcast, y sobre todo a la gente que alguna vez me ha escrito y con la que he podido hablar más en detalle, es una forma de saciar esa sed. Así que por favor, si todavía no te he aburrido a este punto es porque tenemos algo en común y me gustaría también saber más de ti. Escribanme, que cada vez que recibo un mensaje, me colmo de emoción.

 

Hoy está muy en boga las políticas de las identidades de los pueblos originarios en Chile, hay exigencias y una búsqueda de reconocimientos, y con toda justicia, siendo el pueblo mapuche el mayor estandarte de esto. Pueblos que fueron obligados a no hablar su lengua, pueblos no reconocidos, que han quedado por siglos al margen de la sociedad. Como no van a sentirse excluidos si al censurar su lenguaje están censurando su cultura, su forma de expresarse. Roberto Bolaño, el gran escritor chileno, decía “mi patria es la lengua castellana”. Y suscribo cien por ciento. Por eso, aquella censura ha sido una mutilación para aquel pueblo. Cuanto mapuche seguramente ha firmado escrituras de compraventa de terrenos sin saber lo que en verdad ha firmado. Todo por el lenguaje.

Pero ¿quién puede esgrimir ser mapuche? 

 

¿Quienes  tienen el derecho de reclamar este reconocimiento? ¿ son solo los mapuches ? O pudiera un mestizo o un hijo de europeos que movido por intereses genuinos, sentimentales o religiosos se acercara a la cultura mapuche y se estremeciera con sus cantos y poesía, empapandose de sus ritos y creencias hasta saber más que los propios herederos ¿Podría ser este individuo excluído de lo mapuche? Yo pienso que no. De ser así, no podría nunca nadie nacionalizarse, y yo no podría  pedir la nacionalidad francesa por ejemplo, pese a disfrutar de su literatura, gastronomía y lenguaje.

 

Estamos en un constante vaivén de alienación y asimilación, y en algún punto entre ambos está nuestra autenticidad, nuestra originalidad. En el marco está la cultura. Es por eso que la identidad nunca es fija ni inmobil, está constantemente construyendo.

 

Por lo mismo no entiendo la gente que no acepta que una persona mejore o simplemente cambie. Alguna vez alguién en confidencia siempre me decía “aaaah está ahora hace yoga, y se las da de zen, si en el colegio era una suelta, que se cree” , “ pobrecito este, se las da de cool, y en el barrio era un nerd”, todos tenemos ese conocido que no tolera que los demás cambien. Como si ojalá el mundo y nuestros roles se hubieran congelado para siempre cuando estábamos en el colegio, es como si para esa gente la vida se hubiera pausado a los 18 años. Ese es el mal de los conservadores y aquello que llegan a su cima demasiado pronto en la vida.

 

Y empiezo a despedirme:

 

“El empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia fuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas…Primero eran pequeñas llagas pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas…, como si fueran unas películas blancas…El color de la cara y el del cuerpo…, azul…, rojo…de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido! ¡ Es imposible contar esto! ¡ Es imposible escribirlo! ¡ Ni siquiera soportarlo!”

 

Svetlana Alexievich – Voces de Chernobyl

 

Y termino con un estremecedor fragmento del hermosísimo libro de la premio nobel bielorrusa, Svetlana Alexievich Voces de Chernobyl. Donde la escritora le da voz a diversas personas que fueron afectadas por el desastre nuclear de Chernobyl.

Narrada en monólogos, este texto es la base de la miniserie emitida hace un par de años por HBO, Chernobyl.

 

Primero eran pequeñas llagas pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas…, como si fueran unas películas blancas…El color de la cara y el del cuerpo…, azul…, rojo…de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido!

 

Específicamente en este monólogo la narradora es una mujer recién casada que habla de la transformación terrible de su marido por el contacto con la radiación. 

 

Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido!

 

Las quemaduras, la radiación  el dolor lo habían cambiado por completo inclusive de color, sin embargo no importaba, en esa nueva y terrible forma, tal vez había dejado de ser humano, pero ella lo reconocía, ella lo seguía amando.  Reconocía su identidad.

 

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