Vagabundeo IV – George Orwell

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Vagabundeo IV - George Orwell
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Vagabundeo  – George Orwell

george orwell

“Es un sentimiento de alivio, casi de placer el saberte finalmente y genuinamente arruinado. Has hablado tan seguido de arruinarte – y bueno, aquí está la miseria, la has alcanzado, y puedes soportarla. Te quita mucha ansiedad”

Transcripción

Hola a todas y todos. Aquí volvemos al ruedo, y tocando un tema que parecía terminado, pero que sirve de previa a otro que me interesa mucho y que hemos tocado anteriormente. El vagabundeo con el distopismo. Para que voy a inventar cosas, los últimos dos episodios de música no han sido de los más escuchados. Y al final soy solo como un loquito en la calle entonando poesía, contando historias y si nadie se acerca a ver mi espectáculo, debo cambiar de libreto.

Espero que disfruten el programa.

Por lo mismo hoy hablaré de George Orwell, tal vez es el escritor inglés más importante del siglo XX, el autor de 1984 y Rebelión en la Granja,  conocido por su crítica al sistema autoritario y por sus mundos distópicos. Pero hoy hablaremos de otro de sus libros, Down and Out in Paris and London,  o Sin Blanca en Paris y Londres, recomendado por mi amigo literario antropologoenmarte , que me habló de este libro para continuar de hablar de vagabundeo, y para introducir a este autor del cual hablaré en una serie de distopía.

Empecemos, Eric Arthur Blair, más conocido por su nombre de pluma George Orwell, nació en India en 1903 durante la ocupación británica en este país. Charles Blair, uno de sus antepasados, fue dueño de cientos de esclavos en Jamaica. El joven Orwell hace sus primeras armas, literalmente, uniéndose a la policía imperial en Birmania. Tal vez esta experiencia, sumada a su histora familiar con la esclavitud desencadenan un profundo rechazo al imperialismo britnánico, que lo terminan haciendo desertar después de 5 años de servicio en Birmania, actual Myannmar.

Orwell siempre había querido estudiar, pero al no obtener becas ni tener recursos para hacerlo, se vio forzado a tomar este camino imperialista. Tras desertar a su carrera militar volaría a París para trabajar como profesor de inglés, aspirando a convertirse en escritor en la ciudad luz, como tantos otros. Su escritura, muy autobiográfica, se despliega claramente en sus tiempos parisinos en Sin blanca en Paris y Londres.

Y empezaba el episodio con esta frase sobre cuánta ansiedad te quita el conocer la miseria. Te la imaginas cuando inicias un camino complicado, la vislumbras, y le temes. Pero solo al realmente experimentarla puedes obtener una especie de paz. Es como cuando Limonov, el militar ruso, se hace penetrar analmente por un afroamericano en un parque de Nueva York, y dice aaah eso era lo que llamaban sodomizar…

 

Bueno, me voy por las ramas.

 

Cuando te estás acercando a la pobreza, tienes un descubrimiento que vence a todos los demás. Descubres el aburrimiento, las infames complicaciones y los comienzos del hambre, pero también descubres la gran redención característica de la pobreza: El hecho que aniquila el futuro. Dentro de ciertos límites, es en realidad verdad que cuanto menos plata tengas, menor es la preocupación. Cuando solo tienes 100 francos, en cambio, eres vulnerable a los pánicos más cobardes.

La verdad es que la pobreza libera como dice Orwell. La angustia de tener que elegir, es eliminada. La libertad es una cosa muchas veces difícil de soportar, nos paraliza como explica Sartre con su Nausea.

“Los barrios bajos de París son un punto de encuentro de gente excéntrica. Gente que ha caído dentro de la solidaridad, medios locos se han rendido de tratar de ser normales o decentes. La pobreza los libera de sus ordinarios estándares de comportamiento, así como la plata libera a la gente de trabajar.”

Orwell en esta etapa parisina, tal vez engañado por las luces de los Hemingway, Fitzgerald y Stein buscan encontrar ese París de escritores, pero la verdad es que su París no es de caviar ni champagne, sino barro y vagabundos. Porque eso es París, una ciudad dual, con salones y chiqueros, es la vida, una contradicción enorme.

Orwell tras búsquedas y búsquedas de trabajo, finalmente encuentra trabajo en un gran hotel parisino como plongeur, como lavaplatos. Escapando de la pobreza, pero conociendo como el mismo dice, la esclavitud.

 

El lavaplatos es uno de los esclavos del mundo moderno. Su trabajo es servil y sin arte, es pagado lo justo para mantenerlo vivo, y sus únicas vacaciones son el despido. Está apartado de todo matrimonio, y si se casa, su mujer también debe trabajar. En este momento hay hombres con carreras universitarias fregando platos por 10 o 15 horas al día. Uno no puede decir que es mera vagancia de su parte, porque un hombre desocupado no puede ser lavaplato, ellos simplemente han sido atrapados por una rutina.

 

Recordemos que estamos hablando de París a finales de los años 20 del siglo 20, o sea, el matrimonio era una institución mucho más patriarcal, en que el hombre ofrece seguridad , y la mujer consuelo.

 

La verdad es que debemos agradecer el progreso económico. Esto pasaba hace solo 90 años en ciudades del primer mundo.

 

Me permito dar mi testimonio. Nunca trabajé como lavaplatos en París, pero si trabajé en restaurantes. Recuerdo haber llegado a probar suerte a París, necesitaba matar dos o tres meses antes que empezara la poda de la talla en las viñas donde tenía un trabajo seguro. Un conocido entonces, ahora amigo, me dio techo por cinco días pese apenas conocernos en la noche parisina, y así llegué a Paris. La suerte estaba de mi lado, y justamente había alerta de contaminación y para desincentivar el uso de autos, el metro era gratuito, los Dioses estaban de mi lado. Imprimí 20 CV, y marqué 20 restaurantes. Uno a uno los visité en persona con mi francés cavernícola a depositar mis CV, en algunos puestos se rieron, en otros me ignoraron, recuerdo en el CV 19, me quité mi chaqueta Quechua antes de entrar, marca quecon esa visión aspiracional sudamerica a lo europea veía como casi de lujo en los turistas franceses, pero que en España y Francia me había dado cuenta era una marca más de bajo costo. Era invierno y hacía mucho frío, pero decidí entrar más presentable. El CV 19 fue el de la suerte, y empecé a trabajar al día siguiente. Gracias a Italo, a la contaminación y a sacarme la chaqueta pobretona. Estuve ahí hasta que mi trabajo en el campo me estaba esperando.

 

“La vestimenta es algo importante, vestido en ropa de vagabundo es muy difícil no sentirse degradado.”

 

Orwell estaría de acuerdo conmigo. Pese a eso, muchas veces se veía obligado a empeñar toda su ropa por plata cuando no encontraba trabajo.

Igual no me quiero comparar con su vivencia, porque son otros tiempos, es ridículo. Y casi me da verguenza compararme con esos tiempos, donde era normal trabajar 18 horas al día en restauración, como lo hacía Boris el amigo de Orwell. La ley laboral ha cambiando, y se han ido ganando batallas paso a paso. El trabajo de menores de edad se ha prohibido, en Francia son 35 horas de trabajo semanal legalmente, y actualmente hay seguros de cesantía. Cosas impensadas hace un par de generaciones.

 

Pero volviendo al libro, Orwell decide retornar a Inglaterra, a Londres tras decir basta a la explotación en París. En Londres el trabajo que tenía previsto, es retardado un mes. Un mes para alguien con casi nada de plata es eterno.

 

En Londres, sin embargo, la vida para el vagabundo es más dura. En la cuna del liberalismo, al menos hace 90 años, era prohibido el mendigar. Y si alguien se te acerca a pedir plata, eres tú quien tiene derecho a acusar al mendigo, teniendo este último riesgo de ir a la cárcel por siete días. Es por eso que los mendigos se hacen pasar por vendedores de fósforos, y disfrazar su condición. Es interesante ver cómo se apropiaron de esa noble palabra y concepto, que es la libertad, algunos pensadores. Sobre todo a partir del siglo pasado, ya que los padres del liberalismo como Adam Smith y John Stuart Mill por ejemplo, parecen socialistas al lado del liberalismo como es entendido hoy.

 

Es por eso que París es más sucia y caótica que Londres. No es raro ver mendigos durmiendo sobre las rejillas que liberan el aire del metro, o en estaciones, o en cualquier parte básicamente.

 

En Londres Orwell no trabaja en este mes de espera, sino que sobrevive. Sobrevive a base de té y margarina en casas de beneficencia cristianos. Y en hogares para personas sin residencia, donde son alojados por la noche, con horarios muy restrictivos. Que encima le bloquean la estadía en el mismo establecimiento un par de semanas. Incentivos para una vida más bien nómada, focalizándose en vivir el presente y encontrar la próxima comida y techo. Pero haciendo imposible focalizarse en buscar un trabajo. Muchas veces le tocaba también pagar pequeñas sumas por su estadía en especies de hostales, cuando ya no les quedaban más puestos de beneficencia.

 

Y esta parte me interesa mucho, porque la precariedad de estos establecimientos evidencia un profundo progreso.

Retornando a mi caso en París, en esos meses de trabajo en el restaurante, donde trabajaba entre la barra y como mesero. Al saber que estaría por un tiempo limitado nunca perdí el poco tiempo libre que disponía en buscar departamento. No. Más encima, mis antiguas experiencias viviendo en hostales me habían fascinado. La cantidad de personajes. Me alojé en un hostal, aparentemente el más barato de París, donde sabía que pagando 3 noches uno se quedaba 4, el problema era que luego de la cuarta noche debias hacer check out, y cambiar de habitación. Me levantaba entre las 7 y 8 para devorar el buffet del desayuno y asegurarme que hubiera de todo, y luego de ya saciado cogía un par de frutas, y me preparaba un par de sandwiches que escondería en mochila, que serían mi almuerzo. Entraría al trabajo a las 3 a hacer aseo y entre 6 y 7 cenaríamos todo el personal juntos. Ahh, como esperaba esa cena, por lejos  el mejor momento del día. Luego la gente empezaría a llegar y no pararía hasta las 2 am, cuando cerrábamos y retornaría al hostal llegando entre 2:45 y 3.  Y así nuevamente.

 

El problema es que la habitación más barata, la cual yo cogía, siempre era la más numerosa. En este caso 16 camas. Por fortuna en invierno, muchas veces no estaba repleto. Sin embargo, de tanto en tanto habían imprevistos como cuando dos ingleses llegaron unos cinco minutos después que yo y se pusieron a vomitar desde su litera superior hacia abajo. Los dos al mismo tiempo casi, inconscientes, pero sincronizados el par de genios. El problema es que uno de ellos estaba en mi camarote, y sentí como una hermosa cascada de vomito caía sobre mi bolso. Por fortuna estaba lúcido y vigilante luego del trabajo y alcancé a mover mis cosas. Esa vez me puse a putear a mi compañerito de camarote , y otro muchacho hizo lo mismo. Y antes que se pudiera fea la cosa, alguién fue a recepción a explicar la situación. No sé como, pero llegó una persona a limpiar al rato y pudimos dormir algo después de la situación. Al día siguiente, por supuesto, ninguno pidió perdón. Lo recuerdo ahora y me río, solo ahora.

Otro caso menos divertido fue cuando un tipo grande y enorme roncaba como chancho con asma y no dejaba a nadie dormir. Finalmente un francés se levanta y lo mueve. La vieja técnica de cambiar de posición. Sin embargo, el afectado se levanta como recién resucitado y enfurecido y empieza a gritar, “como me tocas, como me tocas, que te crees que me tocaste”. Este empuja al otro y toda la habitación empieza a interceder para que no se fueran a las manos, finalmente llega el recepcionista después de amenazar con echar al irabundo roncador la situación se calmo.

Explico esto porque es muchas veces dificil dormir en estos lugares. No hablo de hostales de mochileros dando vuelta al mundo, sino de hostales donde converge esta gente que se está buscando la vida.

 

Bueno, todo esto parece bastante delicado al comparar las historias de Orwell, cuando le intentan robar durmiendo. O cuando su vecino de cama le hace una intentona sexual. O las múltiples veces que se da cuenta que su cama tiene chinches. De todas estas solo la intentona sexual no me tocó, pero habría sido bueno conocer la sabiduría orwelliana de esparcir pimienta en la cama para expulsar a los chinches.

 

“En definitiva en Londres la situación era más complicada para los vagabundos. Es requerida una completa habilidad, creatividad y resiliencia de esta gente que ha sido dejada en el camino. Es heroico porque todo está en tu contra, en Londres no puedes vagar, ni siquiera sentarte en los bancos. En cambio, en París la pobreza es casi una juerga, el alojamiento es mejor, los sin casa tienen permitido congregarse debajo de los puentes y esto da casi un tinte romántico a quien no tiene dinero.”

Muchos podrán pensar que con estas ideas y experiencias Orwell hacía un homenaje a los pobres. Una apología a la pobreza y a la vagancia.

Mejor dejo al propio Orwell que se defienda describiendo a un compañero vagabundo irlandés:

Tenía la personalidad típica de un vagabundo – miserable, envidioso, un carácter de chacal.

Pero al mismo tiempo sabe apreciar cuando conoce a un artista callejero cojo que se emociona viendo las estrellas, y le enseña de constelaciones.

“Era además la primera persona que yo escuche sostener que la pobreza no importaba. Podrá estar en harapos con frío, o incluso muerto de hambre, pero mientras pudiera leer, pensar y mirar los meteoritos, el era, como él decía, libre en su propio mundo”

Este es uno los puntos que me emocionan de Orwell, el saber encontrar los diamantes en el fango, como diría Dostoievski en Los hermanos Karamazov. Y sobre todo hacerse las preguntas nadie se hace, y que da por ya respondidas. ¿Por qué despreciamos a los mendigos? ¿Qué es trabajar?

“Por que son los mendigos despreciados? porque si que son despreciados universalmente.  Creo que es simplemente porque ellos fracasan a ganarse la vida decentemente. En la práctica a nadie le preocupa si trabajar es útil o no, productivo o parasitario. La única cosa demanda es que sea rentable. En todo el discurso moderno sobre energía, eficiencia, servicio social y el resto de esto, lo que eso quiere decir es “ ganate tu plata, ganate la legalmente, y obtén bastante”. El dinero se ha convertido en el gran test de virtud.”

 

Y apunta luego lo siguiente.

“De hecho, si uno recuerda que un vagabundo es solo un inglés sin trabajo, forzado por la ley a vivir como vagabundo, entonces el monstruo vagabundo se esfuma. No estoy diciendo, por supuesto, que la mayoría de los vagabundos son personajes ideales, yo estoy solo diciendo que ellos son seres humanos ordinarios, y que si ellos son peores que otra gente es el resultado y no la causa de su estilo de vida.”

Es más muchos de ellos tienen problemas psicológicos, como Dimitri el vagabundo ruso que se sitúa cerca de mi trabajo de quien les hablé en el episodio de Kerouac, y con quien de tanto en tanto charlamos. Dimitri es claramente esquizofrénico, más de una vez preguntándole como está me indica al vacío que una turba lo ha amenazado y que le van a pegar. Cuando en realidad no hay nadie.

Al final es demasiado fácil reducir a todos los vagabundos como criminales, y eso es justamente la intención de esta serie. La vida siempre es más compleja.

Y ya para ir terminando para los que piensan que Orwell tiene un discurso comunista de compasión, anti Darwiniano, anti progreso y evolución. Este escritor fue él mismo quien fue a pelear a la guerra civil española, “porque alguien tenía que matar fascistas” como le diría a su amigo Hery Miller, historia que queda testimoniada en su libro  Homenaje a Cataluña. Y sobre todo fue quien dio de los mazazos más duros al totalitarismo Stalinista con su mini novela La rebelión de la granja, y el envilecimiento de la clase gobernante, y principalmente contra todo el autoritarismo en su obra maestra que es 1984.

Un recorrido literario y de vida admirable, con una visión muy política, pero siempre criticando con su pluma las injusticias, un hijo involucrado de su época que nos recuerda que todo es político. Siempre exponiendo la brutalidad, pero no buscando ser portador de la verdad como algunos pensadores más fanáticos que solo dividen. Orwell en resumen entendía que no hay gobiernos o modelos perfectos, sino uno siempre perfectible.

Hasta la vuelta! Chau.

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