Carl Jung y el arquetipo del ánima: proyección, deseo y vida interior

El arquetipo del ánima en Carl Jung es una de las ideas más reveladoras de la psicología analítica.
En este episodio exploramos cómo la parte femenina inconsciente del hombre se manifiesta como proyección, fascinación, idealización o rechazo.
También vemos qué ocurre cuando el ánima no se integra en la segunda mitad de la vida y cómo eso afecta el sentido, el deseo y la vida interior.
Porque muchas veces no perseguimos a una persona, sino una imagen perdida dentro de nosotros.

¿Qué es el arquetipo del ánima según Carl Jung?

¿Por qué algunos hombres siguen persiguiendo mujeres incluso cuando ya no saben por qué lo hacen?

En este episodio exploramos el arquetipo del ánima en la psicología analítica de Carl Gustav Jung: la dimensión femenina inconsciente del hombre y lo que ocurre cuando no es integrada.

A partir de mitos, casos clínicos, experiencias personales y escenas culturales contemporáneas, recorremos cómo el ánima se manifiesta como fascinación, idealización, rechazo o repetición compulsiva, especialmente en la segunda mitad de la vida.

Hablamos de proyección, de la madre divina, de la pérdida de sentido, del malestar cultural y de por qué lo que no se vive conscientemente no desaparece, sino que se repite como destino.

Este no es un episodio sobre relaciones.
Es un episodio sobre sentido, proyección y vida interior.

Un viaje al inconsciente colectivo para comprender qué es lo que realmente se busca cuando se persigue afuera lo que quedó sin integrar dentro.

Este episodio forma parte de una serie más amplia sobre conciencia, misterio y transformación.
Un recorrido por Jung, los arquetipos y las imágenes profundas que siguen actuando en nuestra vida aunque no las comprendamos del todo.
Si este tema te resuena, puedes seguir explorando esa serie aquí.
A veces lo que buscamos afuera lleva años esperándonos adentro.

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El ánima en Jung: proyección, madre divina y pérdida de sentido

El hombre que persigue una imagen que no comprende

Todos hemos conocido a alguno de ellos, a esos hombres obsesionados en perseguir mujeres, las persiguen tanto que terminan siendo prisioneros de esa pulsión de poseerlas. Llegan a la mitad de la vida, pasados los cuarenta, siendo los más viejos de la disco, intentando conquistar mujeres cada vez más jovenes.

Facundo Cabral, el cantautor y trovador argentino, se recordaba de su abuelo, y esos señores ya bien entrados en edad que perseguían chiquillas en el barrio, hasta quele preguntó a uno: “hey abuelo, que haces? por qué sigues persiguiendo a las chicas? y él desconcertado, le dijo que ya se había olvidado por qué.

Simplemente lo hacía.

Muchos de estos hombres llegan a la mitad de la vida con buen aspecto y seguramente se ganan bien la vida. Han tenido novias y han conocido el amor, no una, sino varias veces, pero continúan en ese bucle, algo les falta, no pueden contra sus pulsiones carnales…pero… es así? es algo solo carnal, animal?
O es psicológico?

Y no será que no han integrado su parte femenina,,,la cual los domina inconscientemente, lo que Jung llama el anima… 

Qué es el ánima en la psicología analítica de Jung

Hoy voy a hablar del arquetipo del ánima que manifiesta estas fuerzas del inconsciente colectivo en la psicología analítica de Jung.

Para Jung, el anima no es una idea cultural. No es una fantasía romántica. Es un hecho psicológico empírico. Representa la relación del hombre con su mundo interior: la emoción, la sensibilidad, el vínculo.

Ánima, arquetipos e inconsciente colectivo

Es que haciendo una visita al último episodio, el cual pueden ver después para complementar esta idea. El anima es uno varios de los arquetipos, una manifestación del inconsciente colectivo, el cual nos pertenece a todos los seres humanos. Arquetipos, viene de tipos arcaicos, y estos se encuentran en los sueños, pero también en mitos, cuentos y la tradición oral de los pueblos.

En fin, cuando esta dimensión no se integra conscientemente, no desaparece: Se proyecta.

Y aquí Jung introduce algo decisivo: la psique no se limita al individuo. Se manifiesta también en el mundo, va a compensar esa sed o represión en el exterior…como en las mujeres en el caso del hombre que no ha integrado al anima.

Por eso, comprender el alma implica incluir en ella la experiencia del mundo. Jung insiste en algo fundamental: lo psíquico es una realidad autónoma. No reducible a procesos físico-químicos. En exclusivamente neurotransmisores que gatillan hormonas, y nos producen percepciones. No, esa es la parte operacional, pero hay algo más allá.

Y que sea difusa o difícil de definir no la vuelve débil. Desde lo inconsciente surgen efectos que no dependen del aprendizaje, ni de la cultura, ni de la biografía personal. Todo es parte del inconsciente propio, pero existe uno más profundo y enraizado en el inconsciente colectivo.

La realidad psíquica no es una metáfora

Jung insiste: esto no es teoría abstracta. Es experiencia.

Por eso recurre a autores antiguosy a tradiciones como la filosofía china, donde se reconoce una dimensión femenina y una masculina del alma.

En los hombres, esa dimensión femenina es el anima. En las mujeres, la masculina es el animus.

Sus efectos producen similitudes profundas en la experiencia humana. Eso es el inconsciente colectivo. Históricamente, estos contenidos aparecen como parejas de opuestos.

Sicigia: la unión simbólica de los opuestos

Jung las llama sicigias ¿Que son? El encuentro de los opuestos. En Jung, los opuestos no son un problema. Son una condición.

En China, esta unión se expresa como yin y yang. Para Jung, estas parejas simbólicas son tan universales como la existencia misma de hombres y mujeres. La psique no funciona por unidad, funciona por polaridad.

Consciente e inconsciente. Luz y sombra. Masculino y femenino. Espíritu y materia. Y así. Asumir las contradicciones.

Una sicigia es justamente eso: la unión simbólica de dos opuestos complementarios que, separados, generan tensión, pero juntos, producen sentido.

La palabra viene del griego syzygia: “yugo”, “emparejamiento”, “lo que está unido”.

No se trata de armonía fácil. Se trata de tensión viva.

En este caso, con respecto al arquetipo del ánima, las sicigias representan la unión simbólica de masculino y femenino. No como teoría, sino como vivencia.

Y cuando emerge un principio masculino, emerge también el femenino correspondiente. Siempre.

En el hombre, el polo femenino inconsciente es el anima. Cuando no se reconoce internamente,
aparece afuera. En mujeres idealizadas.En figuras fascinantes. En imágenes que parecen portar
la vida, el sentido, la totalidad.

No es amor.Es sicigia inconsciente. Una unión buscada afuera porque no ha ocurrido dentro.

La madre divina y el origen arquetípico del ánima

Por eso el ánima aparece, una y otra vez, ligada a la imagen de la madre.

Estas imágenes no nacen cuando la conciencia está desarrollada. Surgen en los primeros estados de la vida, cuando la conciencia es fragmentaria y el yo todavía no es lo suficientemente egocentrico para considerarse tal, aún no se ha consolidado.

En esa etapa, las imágenes interiores dominan sobre los estímulos del mundo. Jung dice que si un adulto viviera así, parecería sonámbulo, una persona dormitando todo el tiempo, inconsciente de sí misma.

Y aquí Jung es claro: no nacemos como una hoja en blanco prístina, esperando para ser llenada y moldeada por la familia, cultura y las estructuras de la sociedad, no. Al menos no solo. Tenemos instintos, pulsiones, imagenes!

Pero ojo, no heredamos imágenes concretas. Heredamos posibilidades de imagen. Heredamos un arquetipo del héroe, entre otros, que seguramente era hércules derrotando a las hidras, o bien para mi soñando que estoy en la casa de Messi aceptado o presto a jugar una tercera ronda en Roland Garros. Todos sueños que he tenido.

Para cada uno la manifestación es distinta, pero la fuente es la misma.

Estructuras. Tendencias. Formas previas de experiencia. Eso es lo que Jung llama arquetipos.

Jung lo formula de manera implícita en toda su obra: Todo lo que no se vive conscientemente
se vive como destino.

Por eso es tan importante entender estos arquetipos. Ya que sino, llamaras suerte, destino, o instintos lo que Jung llamaría no integrar tus arquetipos.

He hablado antes de cómo los arquetipos se manifiestan en los mitos de los pueblos. Todas las culturas los tienen. Y esas mismas estructuras aparecen, una y otra vez, en cada individuo, como les contaba con mi caso con deportistas, o ultimamente con escritores.

Infancia, fascinación y la pareja divina de los padres

Pero si hay un momento en que uno está más expuestos a estas manifestaciones es en la infancia. Porque no solo en los sueños las barreras de la conciencia nos atacan, sino que también despiertos, a través de visiones y la vulnerabilidad propia de esa edad.

Por ejemplo, el niño no percibe a sus padres como personas comunes. Los vive como figuras totales.
Como seres que lo son todo. Una madre y un padre son el arquetipo del viejo sabio, héroe, trickster, entre otros.

Ahí aparece una forma arquetípica fundamental: la pareja divina de los padres.

Con el crecimiento y el aumento de la conciencia, el niño empieza a percibir —y muchas veces a enfrentar—la realidad limitada de esos padres, pero solo ya más entrada la conciencia.

Sin embargo, la mitologización no siempre desaparece. A veces continúa, intacta, hasta bien entrada la vida adulta.

Uno de los casos más claros de esta dinámica es el arquetipo de la pareja divina, donde padre y madre no son dos, sino una sola criatura psíquica.

Una unidad.

Hay una imagen muy potente de esto en el cine ultimamente. En Frankenstein, de Guillermo del Toro, en la cual en una escena brillante, el monstruo interpretado por Jacob Elordi, encadenado e inmovilizado -luego de ser animado por un rayo- gracias ar su creador, el ciéntifico Victor Frankestein, e interpretado por Oscar Isaac, la criatura solo puede decir una palabra: Victor, lo que exaspera al hombre de ciencia que sin evidencia y psicología concluye que su creación es estúpida y no posee inteligencia.

Pero el idiota es él, que no entendía, que ese nombre, Viktor,  lo significa todo para su hijo y creación. Origen. Protección.Vida. Alimento.Sentido.

Para la criatura, no hay mundo fuera de esa figura total. Y eso es exactamente lo que ocurre en la psique infantil.

El caso clínico: complejo materno y castración simbólica

Carl Gustav Jung relata un caso clínico muy revelador. Un paciente con un fuerte complejo materno
y una intensa angustia de castración.

Jung, que trabajaba activamente con dibujos de sueños—y pedía lo mismo a sus pacientes—, se encuentra con una imagen de la madre de este cliente, representada primero como un ser sobrenatural.

Luego, esa misma figura aparece mutilada, sangrante. La herida principal: una castración.

La madre era vivida como un hermafrodita divino, una figura que reunía lo masculino y lo femenino.
Una sicigia perfecta. Un ser fantástico.

Sin embargo, tras la castración simbólica, esa figura se transforma en algo lastimoso: una mujer envejecida, corriente, despojada de poder. Lo que Jung observa es esto:
la madre había sido absorbida en la primera infancia —entre el primer y cuarto año de vida—como una figura fantástica.

No como una persona real, sino como una imagen arquetípica: la unión de lo masculino y lo femenino,
perfecta, protectora, sobrenatural. El desengaño posterior no es solo una decepción con los padres.

Es una pérdida de fantasía. Una caída del mundo.

El niño ya no es el hijo de una madre divina, ya no es un elegido, especial, destinado para grandes cosas. Y eso puede producir efectos extremos

O una transformación profunda de la personalidad. O megalomanía. O un sentimiento devastador de inferioridad.

No suele haber puntos intermedios.

La llamada “castración”, en este contexto, no es sexual en sentido literal. Es un temor a la vida real, que no coincide con la experiencia primigenia o inicial del niño.

Es la pérdida de la sensación de protección absoluta. De poder. De sentido. Lo que conlleva a una pérdida de esperanza vital y de energía psíquica. 

Al paciente se le despoja, simbólicamente, de sus padres divinos para descubrir que eran humanos.

Este motivo aparece una y otra vez en los mitos. Es el tema del doble nacimiento.

En Edipo, que mata a su padre y se casa con su madre. Y también en las historias modernas con  Luke Skywalker, que descubre que su padre no es el héroe ideal, sino Darth Vader.

El derrumbe de la imagen divina es siempre doloroso.

Pero es también la condición para una conciencia adulta. Por eso Freud también decía que había que matar al padre de manera símbolica, el momento en que dejas de acudir a él como un oráculo mágico que te conoce mejor, que tu mismos. Que sabe que es lo mejor para ti.

Cuando el ánima se proyecta sobre las mujeres

Volviendo al caso de este paciente, la imagen del arquetipo del anima, que había prestado a la madre
un brillo sobrehumano a los ojos del hijo, comienza a desgastarse lentamente.

La banalidad de lo cotidiano va erosionando esa imagen. La madre divina se humaniza.
Pierde su numen, esa aura sagrada que la rodeaba en la infancia.

Y cuando eso ocurre, la necesidad que esa imagen sostenía no desaparece.

Pero si queda huérfana. Sedienta y pronto para ser conquista. Lista para proyectarse.

Desde entonces, cualquier mujer que rompa la barrera de lo cotidiano, que irradie algo distinto,
se convierte en un posible recipiente de esa proyección.

En la vida amorosa del hombre, la psicología de este arquetipo se manifiesta con claridad.

Aparece como:

  • fascinación desmedida,
  • sobrevaloración extrema,
  • ofuscación sin límites.

O bien, en el polo opuesto:

  • misoginia,
  • aversión a las mujeres,
  • desconfianza sistemática.

Fascinación o rechazo.
Idealización o desprecio.

No hay término medio cuando el anima no ha sido integrada.

El hombre queda a merced de uno u otro extremo,dominado por complejos que no reconoce como propios.

Una experiencia personal: fascinación, canto y resonancia interior

Quiero aterrizar esto con una experiencia personal.

Recuerdo mi primer año en Francia. Estaba en una vendimia cerca de Nîmes, en el sur del país. Éramos un grupo extraño: yo, otra chilena, jefes suizos, un par de francesesy alrededor de veinte marroquíes, la mayoría mujeres.

Bajo un sol lacerante,estas mujeres de distintas edades
—algunas con velo, otras no; algunas marroquíes, otras de primera generación francesa—cantaban durante horas canciones en árabe.

No entendía una sola palabra.

Y, sin embargo, esas melodías apaciguaban el esfuerzo físico. Me transportaban.

Era como entrar en un mundo femeninoque sentía lejano y, al mismo tiempo, extrañamente propio.

Un mundo más básico.Más antiguo, arcaico al que pertenecía y admiraba.

Un mundo donde las mujeres también cazaban y s descubrían  la agricultura.
Donde el vínculo con la tierra las volvía guardianas de la vida.

Un matriarcado truncado, quizás.Pero esa es otra historia.

Lo importante es esto: sentía una fascinación profunda en esos cantos. Algo se activaba en mí.

Solo lo entendí muchos años después leyendo a Jung,  que no era sólo estética. Ni curiosidad cultural.

Era el arquetipo del anima manifestándose. No en una mujer concreta, sino en una experiencia, en una atmósfera, en una resonancia interior.

Ahí comprendí que el anima no siempre se proyecta en una persona. A veces se proyecta en un mundo…

La pérdida del ánima y el malestar cultural

Volviendo a todo esto, hay algo que Jung ve con mucha claridad: en el fondo, los hombres no soportan la pérdida total del arquetipo del anima.

De ahí surge un efecto más amplio, que no es sólo individual, sino cultural. Un malestar profundo.

Ya no nos sentimos del todo a gusto en la cultura. Algo falta. Algo esencial.

Es como si nos faltaran el padre y la madre. Y explicar esto racionalmente a alguien que está afectado,
no sirve de nada.

Porque aquí no estamos en el plano de las ideas, sino en el plano de los mitos.

No importa si crees o no en Cristo. Haya existido o no históricamente, es parte de ti si creciste en la cultura occidental.

Los mitos no son opiniones. No son creencias que se eligen. Los mitos viven y actúan, todo el tiempo sobre nosotros.

En la proyección, el anima adopta casi siempre forma femenina, con ciertas propiedades bien reconocibles.

Pero —y esto es importante— esta observación empírica no significa que el arquetipo en sí sea literalmente femenino.

El arquetipo no es la imagen.

La sicigia hombre–mujer es solo una de las posibles parejas de opuestos. Quizá la más frecuente en la práctica, pero no la única.

En Jung, esto es constante: los opuestos buscan unirse. Siempre.

Cómo se manifiesta el ánima no integrada

El anima es un factor de máxima importancia en la psicología del varón.

En ella están siempre implicados emociones y afectos.

Cuando no es integrada,
el anima:

  • intensifica,
  • exagera,
  • falsifica,
  • y mitologiza

todas las relaciones emocionales.

Con las personas. Con el trabajo. Con la vida misma. Las fantasías subyacentes
son obra suya.

¿Y cómo se manifiesta esto en la realidad?

Jung lo describe sin rodeos: el anima puede afeminar el carácter del hombre.

No en un sentido moral o sexual, sino psicológico.

Y estas son sus consecuencias, que es distinto a que sean caracteristicas de lo femenino. Lo vuelve:

  • excesivamente susceptible,
  • irritable,
  • de humor cambiante,
  • celoso,
  • fatuo,
  • inadaptado.

El hombre vive en malestar. Y ese malestar se propaga a todo su entorno.

No es un problema íntimo. Es contagioso.

Primera mitad y segunda mitad de la vida en Jung

En terapia, dice Jung, cada caso es un universo. Pero aun así se atreve a una distinción importante.

Las personas relativamente jóvenes, antes de la mitad de la vida
—aproximadamente hasta los 35 o 40 años— pueden soportar, sin un gran detrimento, una pérdida aparente del anima.

En esta etapa, lo fundamental es otra cosa: el hombre debe llegar a ser hombre.

Separarse. Diferenciarse. No caer en el síndrome de Peter Pan, ni quedarse atrapado
en la fascinación del ánima materna.

El adolescente necesita romper ese hechizo para crecer.

En la segunda mitad de la vida, en cambio, la pérdida duradera del anima tiene consecuencias mucho más graves.

Aparece:

  • una pérdida creciente de vitalidad,
  • rigidez prematura,
  • unilateralidad fanática,
  • terquedad,
  • doctrinarismo.

O el extremo opuesto:

  • resignación,
  • cansancio,
  • abandono,
  • irresponsabilidad,
  • y finalmente un ablandamiento infantil,
    a veces acompañado de alcohol.

Aquí el problema ya no es crecer. Es volver a conectar.

En la segunda mitad de la vida, dice Jung,debería restablecerse, en lo posible, la relación con la esfera arquetípica de las vivencias. No para proyectarla. Sino para integrarla y entender por ejemplo, porque ese hombre ya viejo sigue persiguiendo mujeres, sin saber porque.

No persiguen mujeres: persiguen una imagen perdida

Tal vez ahora podamos volver a esos hombres del comienzo. A los que persiguen mujeres hasta bien entrada la edad. A los que ya no recuerdan ni siquiera por qué lo hace, como nos decía Facundo Cabral.

Es que tal vez que no persiguen mujeres. Sino que persiguen una imagen perdida.

La sombra de una madre divina. Una promesa de totalidad que alguna vez los sostuvo y luego se desvaneció.

No buscan placer. Buscan sentido.

Y mientras no integren esa parte olvidada de sí mismos, seguirán corriendo tras el mismo espejismo.

Porque lo que no se vive conscientemente no desaparece.

Se repite.Como destino.

 

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