La memoria

La memoria

“Recuerdo haber estado alegre alguna vez, sin actualmente estar alegre, sin estar triste recuerdo mis tristezas pasadas. Y recuerdo sin  temor que alguna vez he tenido miedo”

San Agustín

¿Por qué recordamos algunas cosas y olvidamos otras? ¿De donde vienen esas asociaciones con objetos y aromas que nos transportan a otros lugares?

Revisamos a Proust, Borges, Alexievich y Zweig en la literatura, para entrar en ese misterio que es la memoria.

 

Transcripción: La memoria

“Recuerdo haber estado alegre alguna vez, sin actualmente estar alegre, sin estar triste recuerdo mis tristezas pasadas. Y recuerdo sin  temor que alguna vez he tenido miedo”

San Agustín.

 

Hola caminantes, soy Nico Vergara, y esto es en El camino podcast. Y luego de una pausa de fin de año debido a un necesario viaje a Chile luego de dos años estoy de vuelta.

 

Y antes de entrar en el contenido, las y los invito a sumarse al club de lectura, que empieza hoy miércoles 17 de enero , lamentablemente ya es demasiado tarde para enero y el Sin blanca en París y  Londres de George Orwell, pero  para los que quieran aventurarse para el mes de  febrero, leeremos a Svetlana Alexievich, La guerra no tiene rostro de mujer, que es una recopilación de testimonios de mujeres soviéticas que fueron al frente en la segunda guerra mundial a enfrentar a los nazis. Una historia crudísima y veridica de la premio nobel bielorrusa. Pueden contactarme por el instagram enelcaminopod o contacto@enelcaminopodcast.com por los detalles. Los cupos son limitados y ojo, que hay un descuento de verano de 30% hasta final de Enero.

 

Hoy hablaré de Borges, Proust, Svetlana Alexievich, entre otros para referirme a la memoria. Espero que disfruten el programa.

 

Empezaba con San Agustín, y ese párrafo de sus Confesiones.

“Recuerdo haber estado alegre alguna vez, sin actualmente estar alegre, sin estar triste recuerdo mis tristezas pasadas. Y recuerdo sin  temor que alguna vez he tenido miedo”

 

Ya que ese desproveer las emociones de un evento ocurrido es uno de los grandes antídotos y tragedias de la vida. Poder desproveer la carga emocional de un evento traumático  como una golpiza cuando niño, un evento triste y desolador, puede ser un gran alivio.  Pero así mismo, desproveer de un evento la carga feliz de un momento, como la primera vez que pudiste andar en bicicleta sin rueditas o la dicha extraordinaria de una navidad mágica puede ser muy triste. Así funciona la memoria, que a diferencia de la historia, no se ocupa de decir lo que ocurrió sino lo que recordamos. 

 

De todas formas, pareciera que la memoria tiene dos caras, el recuerdo y el olvido. Y ambas caras nos ayudan a seguir viviendo. Ni a enamorarnos del pasado, para querer replicarlo, ni a espantarnos de él huyendo siempre.

 

O sea, gracias a estas dos caras podemos modificar la memoria personal – que es lo que resguarda eventos que están en el pasado. Y a través de esta modificación cambiar nuestra relación con el pasado alterando nuestro presente, y así, nuestra proyección al futuro, o sea podemos modificar nuestro ser. Esa es la importancia de la narrativa que creas. Hay que creerse el cuento, no en el sentido arrogante y altanero, sino en pos de la historia que te quieres convertir. Ese es el poder de la memoria.

 

Pero por mucho que trabajes en terapia episodios traumáticos que te boicotean, y que es necesario desproveer de su carga emocional para poder vivir, hay veces que la memoria funciona de maneras misteriosas, asociando eventos unos con otros como decía Freud. Mejor dejo a Marcel Proust, el gran escritor francés de inicio del siglo XX que lo explique en su célebre párrafo de las magdalenas, esos bizcochos.

 

“Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no; pero luego, sin saber por qué, acepté. Mi madre me dió uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo.

Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en, mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. El brebaje la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro de un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es justamente el país oscuro por donde ha de buscar, sin que le sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No sólo buscar, crear. “

 

Aparte de ser uno de los pasajes más potentes y virtuosos de la literatura del siglo XX, aquí está resumido una parte importante del meollo de la memoria. Puedo estar triste como Charles Swan en la búsqueda del tiempo perdido , pero un olor, una sensación me transporta a otra realidad, a otro tiempo, a otro yo. Al escape.  Pero Proust entiende que no es el bollo de magdalenas en sí, estos, son solo unos bizcochos que sirven como medio para transportarse a esa infancia feliz. Es un símbolo que trasciende al objeto mismo, y que es un puente a su tesoro más intímo. Charles Swan deja de beber el té con los bollitos de la magdalena porque entiende que de continuar haciéndolo, el hechizo se desvanecerá, tal como pasa al abusar de la escucha de una canción que nos ha conmovido en un momento, y que luego de repetición tras repetición diluye la magia. No, todo está dentro de nosotros. Y los sentidos y objetos, no hacen más  que reavivar esas llamas ya dormidas y apaciguadas. Llamas acogedoras tatno como llamas lacerantes. Esta magia que revive la memoria funciona para ambos lados. Hay gente que se pasa la vida buscando reavivarla. Al final todos tal vez intentamos volver a ese éxtasis inicial, de una u otra forma, replicando o reinventando el pasado. Ahí está la creatividad y el genio del ser, el genio de vivir en esa búsqueda de ese símbolo.

 

Es lo que tan sutilmente y poderosamente nos dice la película El ciudadano Kane y su Rosebud, que las últimas palabras que pronuncia el personaje principal antes de morir, escena que ocurre al inicio para que no digan que hago spoilers, lo que causa el misterio y la búsqueda de ese significado que es el desarrollo de toda la historia. Rosebud es simplemente un objeto preciado, su trineo, que le es separado al ser dado en adopción al ciudadano Kane cuando era niño. Ese trineo, es mucho más que un trineo, es su infancia y su familia que lo abandona, su inocencia y felicidad. Es su tesoro más preciado, incomparablemente más valioso que toda la riqueza material que encontraría en su adultez, y el único objeto que lo acompañaría hasta su muerte . Ese es el poder de un símbolo, de la memoria.

 

En otra escala existencial y emocional, recuerdo cuando trabajaba como obrero agrícola cerca de Montpellier en el sur de Francia, y en uno de esos viajes a Barcelona en bus por 15 euros para pasar el fin de semana, decidí cambiar de zapatos de trekking. Los míos luego de años de uso estaban arruinados, desgaste que se había acelerado en los últimos meses en el trabajo en el invierno en las viñas, la lengüeta estaba suelta, la suela de uno tenía un hoyo y la caña por el desgaste me empezaba a hacer daño en el talón. Fui a Decathlon y elegí con entusiasmo y detalle a mis nuevos compañeros de ruta. Pero también ese hecho significaba abandonar a los antiguos, estaba haciendo un recambio. Ya con mis nuevos zapatos puestos, y por el cariño que les tenía a los antiguos no quise dejarlos morir en una pieza oscura, además estaba de nómade, iban a terminar en la basura del viñatero de turno que me diera trabajo. Así que busqué en el barrio gótico una esquinita no tan concurrida, y los deposité ahí con cuidado. Los observé una última vez, y reviví todas las aventuras y todas las zancadas juntos que habíamos compartido ¡Que largo trecho habíamos recorrido! De Chile a Europa, ellos sí habían sido testigos de todo, de lo inefable. Y me fui con los ojos húmedos. Esos zapatos estaban cargados de recuerdos y emociones. Años después, en el museo de Van Gogh en Amsterdam, vi uno de sus cuadros con sus zapatos, como si fueran un retrato, sucios, desgastados ¡pero llenos de vida! Todo volvió, volvió el momento de austeridad de la campiña, y reconocí ese símbolo de lucha. Los zapatos todavía estaban provistos de memoria, y sentí una gran conmoción y complicidad con Van Gogh.

 

Seguro que ustedes también poseen o poseyeron algo similar.

 

En fin, pero volviendo a Proust, esa memoria, ese momento Proustiano de volver a la infancia si  nos fuera dado, y jamás olvidado, digo, jamás olvidado al grado de recordar la temperatura de ese instante, las formas de las nubes, y la intensidad del sol, sin lugar a dudas que no sería un accidente replicar la magdalena de Proust, ya que se nos daría dado como una receta de cocina. Y sabemos que la vida no es ninguna lista ni recetas.

 

Es más, si ampliamos la memoria, no solo al estado de gracia, sino a su totalidad, la vida no sería soportable. El mejor ejemplo es el cuento de Borges de su libro Ficciones Funes el memorioso, que es un arriero uruguayo común y silvestre, que un día sufre un accidente cayéndose del caballo, quedando paralítico.

Junto con esta discapacidad  Funes obtiene una memoria total, a Funes se le es dada la habilidad de memorizar cada uno de los eventos que ocurren en su vida luego del accidente.

 

Empiezo a citar al escritor más citado de todos, a Borges:

“Al caer perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido…Razonó(sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles”

 

Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca pero cada reconstrucción había requerido un día entero”

 

Decía Funes:  “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo” “Mi memoria es como vaciadero de basuras”

 

Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Personalmente me cuesta imaginar tantos estímulos y recuerdos, esa imposibilidad de abstraerse es una pesadilla.

 

“Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban.”

“Sospecho, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.”

 

En fin, Funes estaba abrumado por no poder olvidar. Nunca podía olvidarse de sí, ni de nada. En resumen, se cumplía la Nietzscheana que vimos tanto en el episodio anterior, que es imposible vivir sin olvidar. La vida así no es soportable.

 

Estos dos ejemplos, tanto el de Funes como el de Proust son casos extraordinarios. En el cotidiano difícilmente vivenciamos el éxtasis Proustiano de encontrar tesoros olvidados a través de símbolos que nos hacen viajar en el tiempo, ni tampoco contamos con la habilidad extraordinaria del Funes, el memorioso de Borges de recordarlo todo. Estos son casos excepcionales.

 

Una pista la pueden dar autores que se han dedicado a escarbar en la memoria como Stefan Zweig, que siendo hebreo, huye de la ocupación nazi en Austria a Inglaterra, pero luego que ambas naciones entran en guerra este debe salir de Inglaterra ya que pasa a ser un potencial espía. Huyendo a Brasil y ya cansado escribe sus memorias sin ningún apoyo ni apuntes escritos, todo desde el recuerdo.

 

“Porque yo no considero a nuestra memoria como algo que retiene una cosa por mero azar y pierde otra por casualidad, sino como una fuerza que ordena a sabiendas y excluye con juicio. Todo lo que olvida el hombre de su propia vida, en realidad ya mucho antes había estado condenado al olvido por un instinto interior. Sólo aquellos que yo quiero conservar tiene derecho a ser conservado para los demás. Así que ¡Hablen recuerdos, elijan ustedes en lugar de mi y den al menos un reflejo de mi vida antes de que se sumerja en la oscuridad”

 

Así escribía el escritor austriaaco en el prólogo de su libro El mundo de ayer,  memorias de un europeo. Libro que sería su última obra, suicidándose en Brasil con su mujer tras envío de una última revisión a su editor. Me gusta mucho está idea de Zweig, de que el olvido y lo que se conserva son fuerzas que actúan sobre eventos de manera inconsciente. Uno no puede decidir que recordar y que no, que duda cabe, sino la vida sería demasiado fácil. Pero si se puede elegir embarcarse en travesías o recorridos vitales con mayor importancia y relevancia para uno. Intuitivamente uno siempre conoce el camino, por favor no busquen eso en el exterior ni en listas de gurúes. Inconscientementemente uno sabe cual es el camino importante para uno. Siempre hay un desfase como veíamos en los episodios del tiempo que nos impide observar toda la realidad. Pero me desvío.

 

Esta pista que nos da Zweig, de que la memoria no funciona por el azar nos revela de una forma que lo condenado al olvido, siempre lo ha estado, y en el fondo lo está cuando decides estudiar algo que no te interesa, o cuando te sumerges en una conversación o discusión que no te importa, o cuando asistes por compromiso a una reunión que te es irrelevante. De antemano, sabemos que eso va directo al basurero de la memoria, como dice Funes el memorioso. Por ejemplo, antes tenía una muy buena memoria de nombres, hoy en día, no recuerdo el nombre de ninguna persona nueva en mi vida. La vida me ha enseñado que casi todos están de pasaje. Por otro lado, momentos importantes para uno, como para mi fue ver el partido de Chile contra España en el Maracaná, sabía que lo recordaría, y hasta el día de hoy es así. O la primera vez que me emborraché debajo del puente lusitania en Chorrillos, Viña del Mar o mi primera vendimia en el sur de Francia. Y así puedo seguir con esas imágenes eternas que me persiguen y atesoro.  Todas y todos las tenemos.

 

Además, dependiendo del camino recorrido nos asaltaran recuerdos y se olvidaran vivencias que competan con nuestro presente. Difícilmente tendrá tanto valor lo que estudié en Finanzas corporativas que alguna vez supe, en una realidad trabajando vendiendo vinos, sin embargo, esos vagos recuerdos se cargarían de fuerza en una vida de analista de gestión. Pero esa es una memoria más bien utilitarista.

 

Ciertamente deberíamos velar por una mejora de nuestro futuro material, pero también hay que entender que el ser humano encerrado en la rutina en que está se siente asfixiado. El ser humano necesita épica, un relato que contar, es por eso que cada vez más los jóvenes marginalizados en todo el mundo, antes de meterse a la fila del mandato y trabajar por un sueldo que apenas les va a dar una habitación y de qué comer -cuando antes en los años postguerra les permitía comprar una casa- , se entusiasman cada vez más con las protestas y revueltas ciudadanas, son ellos los que en Francia y en Chile -los casos que conozco mejor- han protagonizado la mayor reacción y confrontación violenta en las protestas ciudadanas. No son tontos, tienen la evidencia en sus padres, y ven que el mandato y seguir el canon es desolador ¿Por qué digo esto? ¿Que tiene que ver con la memoria?

 

Es que cada uno de nosotros somos un anhelo, un proyecto que no está concretado. La vida humana es todo ese esfuerzo cotidiano para llegar a ser  ese proyecto. A ese ser que queremos ser pero que no somos. Por eso se dice que el ser es una espera, una espera de poder llegar a ser lo que nunca será.

 

Es como cuando Matthew Mcconaughey dijo en su discurso luego de ganar el Oscar, que cuando tenía 15 años, alguien le preguntó quién era su héroe, y él no supo qué contestar, a lo que volvió con una respuesta unas semanas después, y le respondió  que su héroe era él mismo en diez años más. Diez años después, con 25 años, esa misma persona le pregunta si se había convertido en ese héroe, y el dice ni siquiera cerca, porque mi héroe soy yo a los 35 años. El sabía que nunca derrotaría a su héroe, que nunca lo alcanzaría, pero ese héroe le daba una versión para perseguir.

 

Es que nosotros somos un problema para nosotros, una carga de necesidades materiales e inmateriales, y basta una alegría o tristeza desbordante, para que nos volvamos a conectar con nosotros mismos, pero ese escape siempre termina y nos volvemos a encontrar con esa mochila insoportable que nos lleva a drogarnos, alcoholizarnos, medicarnos y a distraernos. Y la vida es corta, y mejor tener algo que perseguir o disfrutar.

 

Pero ese devenir inclusive utópico de nuestro ser, ese camino, lo encuentro mucho más positivo que el ser ya resuelto. Es que si ya fuéramos finiquitados e inmutables, si no hubiera ningún peldaño más que subir.  La vida sería como un guión, una rutina sin desafíos y no valdría la pena vivir, seríamos como movidos por un titiritero. No habría aventuras, y sin aventuras, no habrían motivos, seríamos enviados a un abismo nihilista. Que es básicamente creer que la vida carece de significado o valor propio y que cualquier intento por encontrar un sentido a la vida es inútill. Y eso es precisamente lo que gran parte de las nuevas generaciones sienten: nacieron acabados ¿Para que trabajar? Si nunca podré comprar una casa ¿Para qué seguir la normativa? Si ningún liderazgo lo hace ¿Para qué? Y ni que hablar de los estándares irreales e inalcanzables que se establecen en redes sociales. Es un caldo de cultivo de puros guasones de batman. Eso es lo que se está creando en escala masiva. 

 

Pero este episodio no es  sobre cambiar el sistema, sino sobre la memoria, sobre lo que nos contamos. Y en ese “qué” nos contamos, necesitamos un relato mínimamente unificador. No hablo de la historia única, que siempre es peligrosa y puede llevar al totalitarismo. Sino, un par de bases civilizatorias para dejar de vivir del pasado y superar el dolor.

 

 “Se puede soportar todo el dolor si se lo pone en una historia o se cuenta una historia de él”

Decía Isak Dinesen en Sombras en las hierbas.

 

Si, eso lo tenía claro la baronesa danesa, que vio tantas veces como su cosecha de café y el trabajo del año no alcanzaba o era consumido por plagas, o por las innumerables muertes que ocurrían a diario en esa África implacable y despiadada, que ella tanto amó y sufrió. La lección es nunca tirar debajo de la alfombra la mugre, lo que nos hace daño. Tal vez la gente que busca que ajusticien su pasado , no busca el ojo por ojo, ya que sería caer en el nivel de lo que denuncian, sino que busca el reconocimiento. Busca que hayan museos de la memoria, memoriales y que se estudien las masacres en los libros de historia. En resumen, que se recuerde y no se niegue ni relativice el dolor ni masacres por una conveniencia política cortoplacista. Nadie quiere estar en terapia revisando toda la vida el pasado.

 

Hay que revivir los recuerdos para revitalizar el presente, y eso es un acto creativo como dice la maravillosa Svetlana Alexievich.

 

“Los recuerdos no son un relato apasionado o impasible de la realidad desaparecida, son el renacimiento del pasado, cuando el tiempo vuelve a suceder. Recordar es sobre todo un acto creativo.”

 

Dice la premio nobel bielorrusa Svetlana Alexievich en La guerra no tiene rostro de mujer.

 

Y ya hablando en el colectivo, si miro el pasado la verdad es que veré solo ruinas, guerras e infamias, me podría petrificar atormentandome y diciendo “¿Cómo lo permitimos?” Pero también puedo mirar el pasado y efectivamente ver que hay promesas que no fueron cumplidas, que no estuvimos a la altura, pero que si hay espacio para rehacerlo y ponernos en paz. No ajusticiando el pasado, cosa que es imposible, porque los actores ya no están, o no son los mismos, ni tampoco el momento, porque el contexto ya no es el mismo. Sino que a través del ejercicio de la edición propia del pasado.

 

Es que somos historias. No puedo recordar todo lo que he hecho, es imposible, inconscientemente mi memoria selecciona, pero también hay espacio para que conscientemente pueda ayudar a revitalizar el presente y futuro. Si, al final soy una mentira, pero una mentira con sentido. Esa es la clave, la búsqueda de sentido para uno mismo y el pueblo, grupo, tribu, colectivo o como quieran llamarlo.

 

La memoria es el intento por evitar el pasado que me hizo daño, revisarlo, y editarlo. Es el esfuerzo por dibujar la vida posible que me identifica. Es un esbozo inacabado.

 

Me vas a decir que quien soy yo para olvidar asesinatos, dictaduras, infamias varias, si no lo he sufrido en carne propia. Mucho más fácil decirlo que hacerlo, lo sé.

 

Pero la verdad es que toda la modernidad está fundada en el olvido de la barbarie. Los derechos del hombre establecidos inmediatamente luego de la toma de la bastilla y el derroque de la monarquía en la revolución francesa, son predecesores a los derechos humanos que conocemos hoy y que fueron establecidos en 1948 luego de la segunda guerra mundial. Si también se estudia el terror de Robespierre de la revolución francesa, pero nos quedamos con los derechos del hombre y el lema de la Liberté, Égalité y Fraternité con letras mayúsculas. Y si vamos más atrás a los griegos, veremos que luego de la guerra de Peloponeso entre Atenas y Esparta, además de otras polis, se decide llegar al primer mandato de amnistía decidiendo olvidar todo el horror para unificar. O los bombardeos de Dresden, Alemania, por la fuerza aérea británica y de Estados Unidos que terminaron con más de 25.000 vidas al final de la segunda guerra mundial, llegando algunas estadísticas a indicar que fueron 135.000 las bajas. La barbarie hay que recordarla, pero no al nivel que nos modifiqué, nuevamente, más fácil decirlo que hacerlo. Pero ahí está la evidencia.

 

Sigamos con Svetlana de su mismo libro La guerra no tiene rostro de mujer.

 

“Al mirar atrás, uno siente el deseo de no solo contar lo suyo, sino de llegar al misterio de la vida. De responder a la pregunta:¿Para qué ha sido todo esto? Observar el mundo con una mirada un poco de despedida, un poco triste…Casi desde otro lado…Ya no necesita engañar ni engañarse. Y comprende que la visión del ser humano es imposible sin la noción de la muerte. Que el misterio de la muerte está por encima de todo.”

 

Pareciera que la muerte transforma la vida en un destino. Esa es su gran utilidad, que mete todo en perspectiva. Y bajo ese prisma, Svetlana nos cuenta la historia de la segunda guerra mundial de mujeres, donde más de un millón de mujeres soviéticas fueron al frente. Si, es una historia de batallas, de muerte y dolor. Pero no es la gran historia, no es la gesta de Normandía que todos conocemos y que ha inspirado a cientas de películas. Es que para la gran historia no hay ningún heroísmo en mujeres que se cortan su trenza para ir al frente, ni en chiquillas de 16 años que falsean su edad para tomar las armas, ni en una tropa de chicas dejando huellas de sangre de menstruación que chorrean de sus pantalones, ni en chicas que luego su servicio no lucen sus condecoraciones por miedo a no encontrar marido, ni la cantidad de mujeres que durante la guerra dejaron de menstruar para siempre, ni en el ocultar heridas de guerra que impidiesen obtener trabajo. Tal vez todo esto no entra en la historia, en la gran historia, pero sí que entra en la memoria individual, y ciertamente a mi entender debería entrar en la memoria colectiva.

 

Tal vez de tanto pelearnos con la gran historia, sobre quien fue héroe y quien fue villano, despejaríamos mucho más los sesgos y miradas, si la pequeña pero gran historia se supiera, si los pequeños dolores fueran permitidos, si la épica individual – así y todo incómoda- fuera más tolerada. Tal vez, así y solo así, reconociendo a las pequeñas heroínas y héroes, conmemorando espacios de esa memoria, podríamos construir acuerdos. La evidencia sería imposible de negar. Además, nunca hay una gran derrota, ni victoria, sin muchas pequeñas derrotas y victorias.

 

Y ya me empiezo a despedir, y los dejo con Svetlana. Hasta la vuelta, chau!

 

“No hables sobre las pequeñeces, escribe sobre nuestra Gran Victoria..” me decían “ Pero las pequeñeces son para mi lo más importante, son la calidez y la claridad de la vida”

 

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