El silencio japonés
El silencio japonés

En un episodio conmemorativo, hablo de la profunda impresión que me causó haber visitado Japón. Y cómo me devolvió el amor al viaje.
Es un episodio sobre mi admiración al respeto del silencio y al bien común. Cómo siempre me apoyo en artistas, en este caso a través de Wim Wenders y Yasujiro Ozu.
Un episodio profundamente japonés.
“Lo que da la fuerza, lo que llaman el espíritu, no se le puede explicar a nadie”
El silencio japonés desde Wim Wenders y Yasujiro Ozu
Hoy voy a hablar del Silencio japonés. Espero que disfruten el capítulo.
Hace un par de semanas obtuve después de muchos años la nacionalidad francesa y finalmente me siento un poco distinto. Como esos animales que después de muchos años en cautiverio un día se encuentran con la jaula abierta y escépticos de su nueva condición, buscan agazapados con la mirada nerviosa, de lado a lado, atisbos de las antiguas cadenas. Así estoy. El mal trato en las prefecturas, la burocracia Kafkiana en las oficinas de inmigración, las restricciones laborales de los visados dejan sus huellas.
“La última verdad no puede ser transmitida por palabras. En vez de esto, esta solo puede ser transmitida de la mente del maestro Zen a la mente del estudiante. Y esta transmisión es lograda a través del entrenamiento budista de la meditación. Una vez que el estudiante comprende esta verdad , su mente se libera de ilusión y sufrimiento”
La última verdad no se alcanza hablando. Las palabras siempre se quedan cortas, eso que tanto intuímos y que de una forma confirmamos cuando le decimos te amo a esa persona especial, utilizando las mismas palabras que todo el mundo ha manoseado, sentimos que estas se quedan cortas. Porque siempre el amor de uno es especial, ¿no ? Jajaja, único o eso creemos y queremos separarnos de todos los anteriores que lo han pronunciado. Bueno, leer sobre la última verdad del budismo zen en el museo nacional de Tokyo esto remeció muchísimo más fuerte. Es que los japoneses lo encarnan en su cotidianidad. Y por razones como ésta Japón me devolvió el entusiasmo por viajar.
No soy experto en nada, ni mucho menos en la cultura japonesa, pero quien haya tenido el privilegio de visitar el país del sol naciente lo experimenta. Experimenta una cultura donde los valores son distintos. Donde el respeto, el silencio y el bien común son primordiales. Uno no necesita saber una palabra de japonés para darse cuenta que en una conversación siempre hay una escucha activa, acompañado de un “oooh” que denota impresión. Algo casi infantil para un occidental, a quien le es vedado maravillarse con lo cotidiano, no es cool maravillarse o impresionarse con una información o una anécdota del otro. Y si te ocurre, mejor no exteriorizar, claro puedes reirte, pero no exclamar oooooh. Es de weón abrir la boca y los ojos, y revelar una vulnerabilidad. No sé si será inocencia o respeto al interlocutor en su narración, pero son de las cosas que me gustan de Japón.
Ocurre que tantas veces nos encontramos en lugares alejados a nuestro cotidiano que lo ensoñamos en nuestra intimidad. La casita de madera aislada en las laderas de una montaña de un momento a otro nos estremece, y la proveemos de toda esa otredad que añoramos. Y nos decimos en nuestro fuero qué lindo sería vivir así, en un entorno de naturaleza, sin ruidos artificiales ni contaminación, escuchando el trino de los pájaritos. Sufrimos ese arrebato, pero rápidamente volvemos y caemos en la razón de que ahí en esa casita pintoresca resistente no hay electricidad, ni baño ni muchos internet. Tal vez estoy añorando una etapa previa de la humanidad, o tal vez, posterior jaja, quien sabe.
Pero en Japón, en cambio, no estamos ante una etapa precedente en nuestra evolución, sino que en la misma era. Es una nación milenaria que tomó cosas foráneas como el mencionado budismo zen, la cual integró a sus creencias sintoístas, y que en vez de crear un enfrentamiento entre ambas, ha provocado una sinergia entre ambas. En lo que es conocido como el sincretismo, o sea que elementos de ambias religiones de han mezclado y adaptado mutuamente. El sintoísmo y sus rituales son más presentes en el cotidiano, matrimonios u oraciones en los templos, como todo lo que es purificación y conexión con la naturaleza. Mientras que la meditación, la filosofía de la vida y algunos rituales sobre todo entierros, funerales y todo lo que tiene que ver con la muerte son dominados por el budismo zen. No hay un gran Dios en el sintoismo, sino kami o Dioses, como tenían los griegos, los cuales pueden estar encarnados en animales. Por ejemplo, en Nara, ciudad ubicada entre Kyoto y Osaka, que en el siglo XVIII D.C fue la capital de Japón, hay un parque con más de 1200 ciervos libres. Resulta que cuando Nara se convirtió en la capital de Japón. El Shogún o el dictador militar, el gobernante, llamado Fujiwara, decidió hacer ofrendas al dios protector de la ciudad: Takemika Tsuchinomikoto para desear la paz. Se creía que esta divinidad montaba un venado blanco del Templo de Kashima, en Ibaraki, hasta el monte Mikasa, en Nara; donde se construyó el Templo Kasugataisha. Desde entonces, los venados se consideran como un animal ayudante de ese dios.
En la Era Kamakura hasta la Era Edo, osea hasta casi 900 años después, se creía que si alguien hacía daño a un venado, podría ser castigado los Dioses. Por eso, la gente de Nara siempre promueve tratarlos con respeto y nunca lastimarlos. De hecho, está plagado de turistas que con ánimo de ver templos y pagodas en medio de la naturaleza, tienen el gran bonus de hacerlo con ciervos libres alrededor, a los cuales se pueden alimentar con galletitas de arroz, que se compran en el parque. En este parque uno puede visitar una impresionante pagoda en el cual hay en su interior un buda de oro de 15 metros de altura, y a pocos minutos de distancia encontrar un templo sintoísta con los clásicos arcos de tori rojos que marcan la transición entre el reino de los mortales y el reino de los dioses. Todo en armonía y comunión sin ninguna guerra santa de por medio.
Japón es un país orgulloso y fuerte culturalmente, con raíces profundas, es normal ver en barrios como Asakusa, en Tokyo, gente joven disfrazada con los kimonos tradicionales, tanto hombres cómo mujeres. Por eso la impresión japonesa es distinta a la que nos golpea en la casita aislada en la montaña. No. Hay una sensación de paraíso perdido al visitar Japón. No es extraño que un occidental se conmueva a las lágrimas de una forma completamente inconsciente al presenciar el valor que tiene el bien común para ellos, al ver cómo respetan las filas, o encontrar baños públicos bien tenidos en todas partes. No digo que no haya competencia y todos y todas vivan en paz y amor, nada más lejos de lo contrario, pero es como visitar otra línea de tiempo, en que luego de miles de años de separación, nos encontramos con el resultado encarnado de una posibilidad no vivida.
Estando en Kyoto
añoro y mucho, a Kyoto
cuando oigo al cuco
Decía el maestro del haiku Matsuo Basho. Puedo volver a mi ciudad natal, pero sé que ya no es lo mismo, ese lugar ya no existe, más que en mi mundo, y lo voy a extrañar aún más cuando perciba algún sonido, aroma o imagen que me transforme a ese lugar que ya no existe más. Como el pájaro cucú de Basho cantando en la ciudad de Kyoto, recordando y haciendo añorar el Kyoto que ya no está.
No hago apología de los japoneses, hay una represión cultural muy grande que escapa perversamente a ojos de un occidental, a través de por ejemplo chicas disfrazadas que se pueden ver en el barrio de Akihabara, Tokyo, la cual es el polo mundial del manga y el anime, buscando clientes para los “maid cafes”. Todas extremadamente jóvenes, buscan atraer clientes, casi siempre masculinos, para que tengan una experiencia hogareña en estos locales, donde son tratados y llamados como “amos” por estas sumisas maids o sirvientas. No hay prostitución, simplemente un trato especial, en un escenario distinto, como ocurre en los cafe con piernas en Chile. Es la industria de la entretención y en una democracia liberal, todo vale dentro de los marcos de lo legal. La diferencia es que estas chicas son muy jóvenes, y que aparte de mostrar piernas, pareciera que venden fantasía con sus disfraces y sumisión con sus reverencias y bailes. Pero, quién es uno para juzgar con lentes extranjeros.
Y ya aterrizando y descomponiendo todas estas emociones, se me ocurre que como introvertido el mundo japonés es uno que me podría acomodar más. No me gusta el ruido, detesto el tan gringo small talk, y me parece una vulgaridad absoluta tener que mostrarse en los trabajos y andarse auto promocionado -aunque sé que lamentablemente tenga que hacerlo- para ser considerado en algo ¿Por qué hablar tanto? ¿Por qué mostrarse e inventar hazañas e hipertrofiar la vida en unos aspectos y borrarla en otros? Cada vez le creo menos a estos gurúes del bienestar y de vidas luminosas. Muestrenme la oscuridad, quiero complicidad, quiero gritar OOOOOOOOH y agradecerte por enseñarme algo que no sabía o mostrarme un punto de vista que ignoraba. Nunca me interesó ser cool, y mucho menos en este marco de competencia estúpida. No quiero fingir de saber lo que me dices, y de ser escéptico al valor de tu otredad. Quiero sorprenderme y hacértelo saber. Quiero maravillarme de lo exterior.
No quiero ser como esa pareja de franceses que al entrar en un parque de bambús en Kyoto, donde la vista se perdía en ese verdor que alcanzaba más de cuarenta metros de altura, detener el siguiente diálogo:
“C’est ça?” a lo que el otro respondió. “C’est ça”
O sea
“Eso es?” Pregunta ella “Eso es” responde el hombre con una frialdad e impasibilidad que me dio rabia.
Como si en Francia uno viera en todas las esquinas bosques de bambú de más de cuarenta metros. No, era algo fuera de lo ordinario, pero claro, mostrar ese exceso de entusiasmo, no se usa, no es cool, ni guay, bacán, chévere, chido, mortal, ni fico. ¿Para qué viajar cuando se ha alcanzado ese momento de impenetrabilidad? ¿Hay vuelta atrás? Y esta era una pareja de no más de 35 años.
Pero sé que tal vez ya te has percatado de una gran contradicción mía. Seguramente estas diciendo, pero “Si tanto te impactó la gran verdad del budismo zen que no se puede transmitir en palabras, como puede ser que llegues de ese viaje a Japón, y me ponga a hablar al frente de un micrófono. Parece una contradicción¿No? “ Bueno, tienes toda la razón, me contradigo y qué. Creo que en el fondo, todas las cosas se hacen de manera ambivalente, como decía Freud, amo odiando, aunque sea un poco, odio amando, es que contenemos multitudes como decía Whitman. Los opuestos, bien juntos todo el tiempo. Aspirando a la totalidad del ser.
Estamos en esta sociedad del exceso, donde hasta el algoritmo premia a los que hablan más, los que interactúan más seguido, se les da un mayor alcance. Por diseño creamos una sociedad donde el que hace más ruido y el que abre más la boca es más escuchado. Pero en la vida real, yo tiendo a huir de esas personas que tan seguido me vacían. No todas, pero una buena cantidad.
“La atención es la forma más rara y pura de generosidad”
Simone Weil, la filósofa francesa de inicios del siglo XX, que quería salir del aula y llevar su filosofía al terreno, tanto, que participó en la guerra civil española. Salir de las palabras y llevarlas a la carne, al acto.
Como sea me parece de una sensibilidad muy grande esta frase, la atención es la forma más rara y pura de generosidad. Es que es verdad, uno da su tiempo, y se calla al escuchar. Siento que la gente escucha tan poco, varias veces me encuentro en situaciones que una persona te pregunta algo que ya le habías dicho, o que ignora algo que ya le habías comentado. Tal vez es hipersensible de mi parte, pero es un bajón cuando me ocurre. Hablando con una japonesa en un bar me sentí tan escuchado y mi interlocutora tan interesada que no podía evitar de sentir una conexión, un bien estar raramente experimentado.
Pero volvamos al tema. Ninguna individualidad es más importante que el orden cívico de grupo. Para eso se necesita disciplina, y confianza en el otro. Gente en las filas de metro caminando alineada y cuando uno se desordena, nadie dice Olalalalala externalizando la molestia. Estaba en cafés tomando desayuno y la gente dejaba sus carteras o mochilas mientras iba al baño. Son esas cosas que enamoran de Japón.
Pero intento de no idealizar, Japón siempre está liderando en las tasas más altas de suicidio, debe ser por esa manía estúpida de tener siempre que trabajar. Te puedo asegurar que puede haber un restaurante vacío, y si hay un grupo de meseros, nunca estarán ociosos, cada uno trabajando, o inmerso en una labora, aunque no agregue valor. Hay un sentido tan grande del deber que al final es contraproducente, porque todos saben que el otro los puede delatar por sacar la vuelta como decimos en Chile, o holgazanear. Eso también es alimentado también por los estándares de excelencia en las tareas, lo que se agradece. Pero como digo, termina siendo contraproducente, cuando en algo tan normal como atender a los clientes, un mesero en vez de estar atento y vigilando las mesas con una mirada en busca de una necesidad no atendida por algún cliente, lo que signifcaría estar parado aparentemente no haciendo nada, va a preferir ante esa situación de develar un atisbo de flojera, a ponerse a pasar el paño por quinta vez a esa mesa que ya le ha sacado brillo, o va ponerse a ordenar los cubiertos ¿Donde se agrega el valor? Yo creo que ahí los japoneses se hacen una auto zancadilla. Sobre todo para ellos mismos, debe ser duro vivir de esa forma, sin poder relajarse. El gran deber es el bien común, ya sea en el trabajo o en la sociedad. Y eso agobia a individualidades tal vez excéntricas que no encuentran tantos espacios para poder descargar todas estas pulsiones, debe ser por eso que han creado el anime y tantos mundos fantásticos y mágicos, donde hay estas especies de criaturas y peluches en todo evento. Me parece que la frontera donde delimitan lo real y la fantasía es distinta a la que tenemos nosotros. Y no es una frontera como una línea, sino como el ying y el yang, donde hay parte de lo real que contiene fantasía, con todos estas criaturas divertidas como peluches tipo pikachu que se ven en todas las publicidades, en las mochilas de cada estudiante, o incluso en imagenes corporativas o políticos haciendo campaña. Al mismo tiempo hay mucho de extremadamente real o humano que se imbuye en lo fantástico o en el mundo de los animes. Es un diálogo omnipresente con otra carga de espiritualidad que hace mucho sentido a los occidentales. Hay una ternura ahí, que no deja de conmover y que me gustaría llevarme.
Es que como le leí a Wim Wenders, el director alemán por ahí:
“Necesitamos dulzura y bondad, más que inteligencia”
Y eso es lo que se percibe en Japón. Es lo que transmiten de una forma las películas de Miyazaki, ese mundo onírico, fantástico, pese a la visión de mundo negativa que tiene su autor. Wim Wenders, por otro lado, pese a ser un director de cine alemán, es uno que le ha calado hondo Japón, algo que queda demostrado con Perfect days, la película que salió a final de año y representó a Japón en los Oscar, y que fue vencedora en la edición 2023 de Cannes. Esta película nos muestra esa ternura, y ese bien común. Todo a través de la historia de un solitario hombre y vida cotidiana limpiando baños públicos, pese a lo lúgubre o precario que puede sonar, es una vida plagada de sentido y de pequeños placeres, como el elegir y leer un libro de una tienda de libros usados con su entusiasta dueña con quien habla de literatura, o el ir a lavarse a los onsen, esas especies de baños con mini piscinas temperadas y saunas, donde uno se puede relajar y limpiar minuciosamente, o contemplar y saludar los árboles del parque o regar con sumo cuidado las plantas o el escuchar todavía música con cassettes u ordenar ramen en el pequeño restaurante del metro. Una carta de amor a lo cotidiano, amando lo que uno hace. Por que de eso se trata, soportar la carga que te toca y darle sentido. En eso Perfect days es una obra maestra.
La historia de la creación de la película es que invitan a Wim Wenders a Tokyo para ver estos baños públicos. El director alemán es ligeramente escéptico del tema, pero de todas maneras viaja, ya que como el dice, No necesito que me inviten dos veces para viajar a Tokyo, y una vez en Japón se da cuenta del enorme potencial de esta historia. Más que baños públicos de última generación, que literalmente te pueden limpiar el culo con chorros a presión, el ve una forma sofisticada de responder con políticas públicas al bien común. Construyendo bienes públicos que todos pueden acceder y que mejora la vida de todos los ciudadanos, como el tener acceso a un baño. Es una política pública virtuosa que permite que no haya olor a pipí por las calles y que lo público se aprecie de otra forma. Tantas veces seguramente en COVID nos preguntamos como cambiaría socialmente la vida después de la pandemia, pero lo único que ha hecho es encarecer la vida, introducir las mascarillas, y que las grandes fortunas son aún más acaudaladas. Reducimos las libertades y luego la normalidad. Nos piden que cambiemos, pero las ciudades no han cambiado.
Ese choque afectó profundamente a un genio sensible y espiritual como Wim Wenders, que decide transformar esta historia, que inicialmente iba a ser un documental, con un tono más político cómo el que estoy hablando, a una historia sobre la belleza cotidiana. Una película que afirma la vida, extremadamente Zen, en que el personaje principal, Hirayama casi no habla, ya hasta bien entrada la pelicula. Es como dice Camus de Sísifo. Hay que imaginarse a Sisifo feliz, en su ensayo El mito de Sísifo, en cual el rey Sisifo luego de numerosos engaños a los Dioses, es castigado ad eternum a empujar una gran roca cuesta arriba a una colina, con el detalle que el momento en que va a culminar su trabajo llegando a la cima, la roca rodará hacia abajo , perpetuando la infructuosa labor sin sentido para el pobre Sísifo. Todos de una forma somos Sísifo, absorbidos en rutinas repetitivas, e inconscientes de que independiente del esfuerzo que pongamos en vida, todos vamos a morir. Tal vez el gran arte de saber vivir es darle sentido a esa rutina, de disfrutar las pequeñas cosas y de llegar feliz a la cumbre y ver como nuestro esfuerzo se desmorona, para comenzar una vez más. Eso es lo que nos muestra Wenders con su super héroe de bondad, Hirayama.
El ritmo es otra cosa importante de esta pelicula, algo muy valiente para nuestra epoca en que todo debe ser rápido, chocante, sino aburre. Bueno, Perfect days puede llegar a ser aburrida para algunos ojos, que esperan que ocurra algo, más que mostrar repetitivamente la rutina de alguién que limpia baños públicos. Pero a medida que uno ve una escena y otra, empieza la abducción a ese mundo más lento y pausado. Esa es la herencia del maestro de Wim Wenders, Yazujiro Ozu, el gran cineasta japonés del siglo pasado con Kurosawa. Tal vez el más japonés de todos, donde uno puede entender hasta como caminan los japoneses, sobre todo las mujeres, las cuales todas caminan como modelo, un pie delante de otro, en pasos cortos, erguidas, pero sin esa presunción, ni cara de asco ni sonrisa ganadora, ni ojos sin vida de las y los modelos. Es algo mucho más elegante. Y eso se captura viendo las peliculas de Ozu, es tan así, que estando en Nara, en un café del hotel, vi a una mujer asiática, guapa, delgada, pálida y bien vestida, como cualquier japonesa, pero caminaba con las piernas abiertas, había algo tosco y una velocidad agresiva en sus movimientos. No, no podía ser japonesa aquella mujer. Aposté con mi acompañante que no era japonesa, y efectivamente al pasar al lado del mesón de la recepción, vi su pasaporte de Singapur. Arigato gozaimas Ozu.
El cine de Ozu es uno que trata siempre los mismos temas familiares, la dinámica social y la impermanencia de la vida. Temas que pueden llegar a ser repetitivos, pero que debido a su constancia, como obra global, muestra con precisión la transición y efectos de la segunda guerra mundial como la occidentalización en la sociedad de Tokyo. Es tanto el amor de Wenders por Ozu que en su aniversario de fallecimiento número veinte y cinco, el alemán viaja a Tokyo a grabar un documental honorífico a su maestro, el cual resulta en Tokyo ga, estrenado en 1985. Wenders va tras las huellas de su sensei, bajo esa Tokyo que Ozu mostró a lo largo de toda su vida. Con ese mismo estilo pausado, y filosófico, tenemos a Wim Wenders capturando la otredad y aspectos de japón que lo impresionan, intentando de continuar a su forma un relevo a su forma, de lo que mostraría Ozu. La vaguedad de los juegos en esos salones luminosos atiborrados de gente jugando con estas máquinas tipo tragamonedas , donde no importa ganar o perder, sino que el tiempo pase y olvidarse de uno mismo. O en los impresionantes y detalladaísimas réplicas de platos de comida hechos de plástico que se pueden ver en las vitrinas de los restaurantes para atraer clientes. Pero lo que destaca en este documental, aparte de los comentarios de Wenders, es la entrevista de su otrora asistente de cámara, Yuharu Atsuta. Yukaru cuenta varios detalles técnicos de Ozu, la posición siempre casi en el suelo de la cámara, el exclusivo lente de 53 mm ocupado, y una serie de detalles más humanos, como que siempre hacían la exploración de los lugares a pie, y estos terminaban hasta que se desmayaban de cansancio. Yuharu cuenta que no cree que haya en la historia del cine alguién que haya trabajado tanto tiempo exclusivamente con un director, y que la mayoría de sus colegas que trabajaban en televisión, y ganaban más plata, pero él decide quedarse con Ozu, y eso se convierte en el gran orgullo de su vida . Luego de un largo diálogo, Wender le hace una última pregunta a Yuharu. ¿Después de muerto Ozu? ¿Trabajo con otros directores?
Y Yuharu toma una pausa sonriendo, y responde… Si, pero fui completamente miserable, estuve por largo tiempo como aturdido,, no era ni sensible a los directores ni a las labores, algo se había ido. ¿Cómo explicarlo? Ozu sacaba lo mejor de mi, y yo le daba lo mejor de mi. …algo que no encontré con nadie más……….momento en que Yuharu se quiebra y entre llantos, pide perdón y que lo dejen solo, que no se siente bien. Tras lo cual toma un segundo aire y continúa…”uno se vuelve solitario, dejenme solo, yo les agradezco, pero lo que da la fuerza, lo que llaman el espíritu, no se le puede explicar a nadie. Él era más que un director, el era como un rey. El debe estar contento en este momento……tras lo cual vuelve a quebrarse e implorar “algo no va bien hoy, uno se vuelve solitario, por favor dejenme solo. Yazujiro Ozu era un hombre bueno”
La verdad final no se puede transmitir con palabras, y sé que aquí extrapolo lo zen, pero me parece de una belleza abismal el testimonio de Yuharu, que ya con 75 años, en los últimos episodio de su vida, se recuerda de su vida como asistente de cámara y en el sentido que encontró en aquello. Veinte y cinco años después de la muerte de su maestro no puede evitar sentir una profunda emoción al recordar la persona que lo hizo estar en la plenitud de sus poderes, en el zenit de su vitalidad. Y ese milagro es un tesoro que muy pocos experimentan en vida, el saber y sentirse motivado dando lo mejor de uno en algo que nos importa y da sentido.
Y ya empiezo a despedir de este episodio más conmemorativo, pero que inevitablemente, por sesgo de su conductor, termina con esta nota triste y alegre, es que eso es la felicidad, como dice Agnès Varda.
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Hasta la vuelta, chau.
“Lo que da la fuerza, lo que llaman el espíritu, no se le puede explicar a nadie”
