Michel Foucault y el LSD: la experiencia que cambió su filosofía

Michel Foucault vivió en 1975 una experiencia con LSD en el Valle de la Muerte que marcaría profundamente su visión sobre el poder, la subjetividad y la libertad. Este episodio explora ese viaje y su impacto filosófico.

¿Qué ocurrió cuando Michel Foucault probó LSD en el Valle de la Muerte?

Foucault y su encuentro con el LSD es un episodio que nos invita a explorar una de las experiencias más desconocidas y transformadoras del filósofo francés Michel Foucault: su viaje al desierto de California en 1975, donde tomó LSD por primera y única vez, guiado por dos profesores universitarios y bajo un contexto profundamente espiritual y experimental. Este episodio se basa en el fascinante libro Foucault en California, de Simeon Wade.

En esta conversación íntima y profunda, no solo revisamos los hechos narrados en el libro, sino que reflexionamos sobre cómo esta experiencia psicodélica se enlaza con las obsesiones filosóficas de Foucault: el poder, la libertad, la subjetividad y la transformación. ¿Puede una experiencia visionaria abrir nuevas vías de autoconocimiento? ¿Qué rol juega el cuerpo, el delirio, lo sensorial y lo espiritual en la búsqueda de sentido?

Este episodio se entrecruza con temas de filosofía, psicología, espiritualidad y la urgencia por reinventarse. A través de esta historia, también resuena la inquietud que muchos sentimos hoy: el deseo de romper con las estructuras impuestas, salir del pensamiento racional puro y reconectar con dimensiones olvidadas de nuestra existencia. Una experiencia que, para Foucault, fue tan potente que según Wade, dijo que había sido “la experiencia más importante de su vida”.

Si eres alguien que, como yo, busca en el arte, la literatura y la filosofía respuestas para darle profundidad a su vida, este episodio es para ti. Aquí, la filosofía se convierte en viaje, y el viaje en transformación.

Este contenido forma parte del podcast En el Camino, un espacio donde exploramos la espiritualidad, el arte, la psicología y las humanidades como herramientas para enfrentar el vacío contemporáneo y encontrar sentido. Inspirado en autores como Jung, Hesse, Bolaño, Simone Weil o Clarice Lispector, este canal propone una pausa ante la prisa del mundo moderno.

¿Y tú?

¿Has vivido alguna experiencia que haya transformado tu manera de ver la vida? Te leo en los comentarios o en mis redes.

Este episodio forma parte de una exploración sobre una serie de conciencia, misterio y transformación. Un viaje hacia los límites de la mente.
Donde la realidad deja de ser evidente. Y comienza a revelarse.

 

Michel Foucault y el LSD, la experiencia que cambió su filosofía

“Cuando Foucault conoció el LSD en el valle de la muerte”

 

Foucault sonrió mirando el cielo ahora negro y brillante, y me  dijo:
El cielo ha estallado y llueven estrellas sobre mí. Sé que esto no es cierto, pero es la VERDAD.

El viaje oculto de Foucault: LSD, desierto y transformación

Este es un libro improbable, un libro póstumo de su autor Simeon Wade, un académico estadounidense, que conoció a Michel Foucault, el filósofo francés, el filósofo del poder del siglo XX. Por el motivo que sea, no le aceptaron el manuscrito a su autor en 1990. Tuvieron que pasar 30 años en una caja, para que este libro diera a luz el 2019, gracias a los malabares de una académica californiana, Heather Dundas, que dió con esta historia y la persiguió por años, reuniéndose múltiples veces son autor Simeon Wade, el hombre que le introdujo al LSD a Foucault. 

 

Una experiencia enorme, una de las más importantes de mi vida” Diría a posterior Foucault. La verdad es que este viaje fue un mito por muchos años, ni siquiera Heather Dumas creía en él, en que este profesor universitario de una Universidad menor en California, y sobre todo desconocido, haya podido convencer a Michel Foucault a ir a colocarse al valle de la muerte en LSD. Pero mientras más hablaba Heather con Simeon, y este más le entregaba evidencia, fotos en la revista Times, carta, y hablaba, esta se fue convenciendo. La cosa era recíproca, para Wade, que moriría el 2017, este proyecto ya era parte de su pasado. Foucault había muerto en 1984. Y le dijo a su amigo californiano, estando postrado en Paris en las últimas, que le trajera LSD. Quería irse colocado como Aldous Huxley. Dijo Simeon Wade.

Imaginemos una tarde en el desierto de California, un cielo salpicado de estrellas, la mejor música clásica, la cantidad justa de LSD y uno de los más grandes filósofos del siglo XX.”

De eso se trata este episodio, una secuencia del viaje empezado por Aldous Huxley, en el último episodio. Entre sesiones de yoga, reflexiones sobre la naturaleza humana, filosofía, artistas, confesiones y visiones, Foucault en California es una crónica de caminos, diálogo filosófico y en menor medida un relato queer.
a medio camino entre una divina comedia gay y psicodelica y elbanquete de platón en los años 70’. Extraordinario” Lo clasificaría el New York Times.
Una delicia intelectual.

 

Espero que disfruten el programa.

Simeon Wade y el experimento filosófico

Simeon Wade básicamente  un groupie de Foucault, un fanatico del filósofo francés. El primero era un doctorado en filosofía en Harvard y enseñaba filosofía en una universidad californiana, Claremont.

 

Wade le escribe para que venga a su pequeña universidad. Pero temiendo la diferencia académica que había entre uno y otro, planeó con su pareja, un pianista con el que compartía su vida, una proposición de ir al Valle de la muerte, en un viaje en auto. Un roadtrip en los años 70’ en California y consumir LSD en un paisaje de naturaleza y seguridad. Ese era el plan.

 

No tenía idea si a Foucault le interesaban las drogas, pero conocía su obra, conocía como pensaba, y estaba seguro que el filósofo del poder, le interesaría acceder a esa experiencia sensorial de sentido, que era el LSD en el desierto californiano. En ese entonces Foucault, estaba en pleno trabajo de su primer tomo de la  Historia de la sexualidad, el que posterior a este viaje quemaría y reescribirá.

¿Quién era Michel Foucault y por qué este viaje importa?

Para los que no conocen a Michel Foucault, su obra es inclasificable, filósofo, historiador, él se consideraba periodista, uno que estudiaba el pasado con el único propósito de comprender el presente. Foucault era un académico al que había que hacer cola para escuchar sus conferencias, era una super estrella.

Cuando Simeon Wade leyó en 1975 Vigilar y Castigar, le pareció que era un punto de inflexión determinante en la humanidad. Y con el Antiedipo de Deleuze y Guattari, Wade sentía que los tres franceses daban la respuesta a “¿Por qué el fascismo y como le oponemos resistencia?”

 

Por eso el entusiasmo de este académico por la venida del rockstar. Si lograría hacer llegar a Foucault, intentaría hacer el experimento antes descrito: Uno del tipo, que según él, podía cambiar el destino de la humanidad. Darle al mayor intelecto de la época, un elixir para multiplicar por mil las capacidades del cerebro. El resultado: magia. Wade sería él, el alquimista, el documentaría el experimento, y a esto le agregaría el valle de la muerte.

El encuentro: cómo Foucault acepta el viaje

Decidido y con la estrategia clara, se envalentona y le escribió a su ídolo para venir a Claremont, aprovechando su venida a Berkley, también en California. Sorprendentemente, el calvo francés, le respondió! Eso sí, no era auspicioso. No podía dar una respuesta clara, porque no sabía sus horarios. Le dijo que le escribiera cuando estuviera en Berkeley, cosa que hizo, con un críptico:

suspendido entre las formas, esperando tan solo el invierno” que eran versos de Artaud sobre su experiencia con el peyote.

 

Sin embargo, Foucault no respondió. Simeon Wade y su amante Mike, un lingüista, que hablaba 10 idiomas, y era pianista, no se aminoraron y se aproximaron a Irvine, su primera parada en California para continuar la invitación a Foucault. Lo vieron llegar al campus, con su pelada brillante, pantalones blancos pata de elefante y su fiel jersey de cuello alto, tipo tortuga, al que siguieron con la mirada. Foucault hizo su breve exposición, debía coger un avión para San Francisco, al rato. Terminada esta, Simeon se congeló, Foucault estaba rodeado por un séquito y era raudo en ordenar sus notas, sin embargo, su novio, Mike, que hablaba muy francés, corre rápidamente, interrumpe al grupo y le toma el brazo a Foucault que ordenaba sus cuadernos y notas, y le indica que su amigo – Simeon- quería hablar con él. Simeon, esta vez si agarra confianza y le recuerda con velocidad, su nombre y Claremont, tres veces. A lo que Foucault -tras un lapsus- se recuerda, y le pide disculpas por no haber respondido, pero que temía no tener tanto tiempo y no podría acompañarlos.

 

No podría ir por un solo día al Valle de la muerte. Y Simeon, con ocurrencia, le dice y porque no vienes por tres noches, te quedas a dormir donde nosotros, puedes hacer la exposición a Claremont, vamos al valle de la luna y pasamos un tiempo en el desierto, con una sonrisa.

Foucault, le dijo que lo pensaría, y le daría una respuesta después de su viaje a Berkley, mientras subían las escaleras hacia  la salida de la sala, donde el más atrevido Mike, le pregunta si hacía yoga, a lo que Foucault dice, que no, extrañado, Mike le dice, ah, es que tienes un cuerpo fabuloso. Este sonríe y se despide rápidamente escoltado como estrella de rock por más gente hacia el campus y luego al aeropuerto.
Foucault días después, les escribe aceptando la invitación. Simeon y Mike no podían más de la felicidad. Tres días después están yendo a buscar a Foucault al aeropuerto.

 

Foucault es agradable y educado, de entrada acepta todos los planes de sus felices guías, chaperones y groupies, salvo el de visitar la vida nocturna de Los Ángeles. Ya que había tenido mucho de eso en San Francisco. En el auto y la carretera californiana, se ponen a hablar de música, el click intelectual es rápido, pretencioso y delicioso para los que aman la cultura.

Foucault, al llegar a la casa de esta pareja queda encantado, con esta casa tipo bungalow, que se alzaba por la ruta 66, al lado de las montañas de san gabriel. 

Ahí les dice que le encanta California, que pareciera que estuviera separada del continente, que apunta a Asia, cogiendo un libro de Lao Tse.

 

Ahí se ponen a fumar un porro, el que Foucault acepta, sin reparos. Dice que fuma hachís cuando va al norte de áfrica, y que en su famoso debate con Chomsky en Amsterdam, los patrocinadores le pagaron con hachis, cuando le preguntaron que clase de paga quería. Acerca de ese debate dice que el moderador lo estropeó porque los quiso encasillar, Chomsky como un estadounidense progresista, incluso anarquista, y a Foucault como un marxista.
En esta altura, todavía, pese a la apertura del francés, sus anfitriones, están nerviosos, no saben bien si lo están molestando o no.

El viaje con LSD en el Valle de la Muerte

Al día siguiente, se levantaron temprano para el gran plan, ir hacia El Valle de la Muerte.  Sin embargo, faltaba anunciar el plan maestro a su visita. Ya en el camino, en el auto, la pareja de groupies le comunica lo que vendría:
Hemos preparado algo especial para que tomes en el desierto” dice Simeon.

Es un poderoso elixir, una especie de piedra filosofal que cayó en manos de Michael. Pensamos que quizá te gustaría emprender una búsqueda visionaria en el valle de la muerte. El paisaje en sí ya es susceptible de provocar un efecto mágico. Es una suerte de Shangri-La, al margen de radiaciones de microondas y otros tipos de contaminación.

  • Claro que me gustaría- respondió Foucault sin dudarlo un instante- Me muero de ganas de comenzar.

A lo que la pareja intercambió una sonrisa con malicia traviesa.¡Me imagino la felicidad de estos dos, en ese momento! Imagina colocarte con tu ídolo, sea quien sea…

Parte del hielo se había roto…No sorprende, entonces,  que continúan asaltando al afable y abierto Foucault sobre cual sea tema, pasan revista al cine y a Godard, a lo que Michel dice, que “cambió mucho después del accidente de moto. Se ha vuelto amargado y difícil de tratar. Yo iba justo detrás de mi auto, cuando sucedió. Quedó aplastado entre dos coches y se le despellejó por completo un lado del cuerpo.

 

Todavía en la ruta, y luego de unos cafés irlandeses, o sea con whisky en la carretera. Foucault confiesa que nunca había probado LSD antes, que su amante siempre se negaba y él se atenía a sus deseos. En este largo trayecto dice algo obvio, pero no tanto, que vota izquierda, que votó por Mitterrand, pero que recibe críticas de los más ultras en Francia, de que votar no sirve para nada. Que lo que hay que hacer es la revolución. A lo que él es escéptico.

 

Simeon, autoconsciente de su felicidad, entra en tensión por, por un lado querer hablar para entretener a su querido invitado y sobre todo hacerle preguntas, pero al mismo tiempo es mega consciente que está hablando mucho. Es un narrador con muchas dudas, que no tiene miedo en mostrarse intimidado y avergonzado con su ídolo.

En esos ires y venires, Foucault confiesa que los pensadores no deberían escribir tanto, tan solo un puñado de buenos libros y que sus estudiantes sigan su legado. Además de su amor por Faulkner, que para él, es el novelista que más lo ha impactado. Es más, confiesa que hizo un road-trip con su amante recorriendo todos los lugares del escritor sureño.

El legado del viaje: poder, cuerpo y libertad

Finalmente luego de varias horas llegan a un motel vecino al Valle de la muerte, donde van a alojarse. Es el momento del reposo del léon, antes del viaje.
Ya repuestos toman el auto, dejándolo en la base del cañón, y comienzan su caminata. Foucault se ve un poco dubitativo, la pareja al ver esa preocupación, también, saben que una actitud coercitiva, podría dar con un mal viaje. Foucault luego de alejarse unos metros, vuelve y  dice que tomará solo media porción. Cosa que hace.

Ahí empiezan a bajar al centro del cañón a pie y llegado a la mitad de una sucesión de colinas anaranjadas y moradas, se sientan en la suave gravilla. Ahí para acelerar la ingesta se dan unas bocanadas de porro en pipa y Foucault saca una botella de Cognac, solo para darles a degustar a sus anfitriones.

Ahí aparentemente empieza a pegar el LSD, Michel y Michael, se van a caminar y a tocar rocas. Luego Michel sube una colina y se pone a escuchar su walkman, su casetera. A lo que luego se unen Simeon y Michel, mientras las montañas delante, parecían una pirámide maya-.
Ha habido alguna época, algún otro tiempo, en que se haya percibido la tierra como lo hacemos ahora? – Le pregunté a Foucault.

No – respondió con firmeza- No hay nadie en la historia que haya visto la tierra como este brebaje, como solo este momento juntos nos permite verla.

 

Ahí pasan un par de horas de contemplación. Sin embargo, era el momento de moverse, cosa que Foucault no quería, no creía que pudiera haber otro lugar más bello.  Finalmente Mike lo convence.

El más bello de los universos no es más que un montón de basura. Le dijo Simeon citando a Heraclito, a lo que Foucault sonríe de vuelta.


Dejan detrás el arrecife desértico, ahora en auto, y se avecinan a un lugar llamado el campo de golf del diablo, que era una extensión de cristales de sal. El punto más bajo de Norteamérica, a unos 90 metros debajo del nivel del mar. Finalmente empiezan a subir y llegar a un mirador. El Zabriskie point, donde se bajan.

La experiencia psicodélica: percepción, verdad y éxtasis

Ahí se pone a escuchar a Richard Strauss apoyándose en los muretes que los separaban del abismo de cañones entrelazados que había debajo de ellos, el cielo era azul y el crepúsculo se asomaba.

Ahí confiesa Foucault. Luego de una pregunta de Simeon, sobre si había existido un evento fundamental en su vida, respondió que sí.
Fue cuando se tituló en la universidad y el director le preguntó si había algo malo con él. Cuando le confesé que era homosexual, me contestó con gesto horroriado que aquel comportamiento no era normal y que sin duda, resultaba inaceptable para la reputación de la escuela. Acto seguido, me confinó, por mi propio bien según sus propias palabras. Me dijo que debía ser reformado, que me examinarían y tratarian. En aquel instante comprendí de repente como funciona el sistema. Percibí el impulso fundamental de nuestra sociedad: la normalización.

 

A esa altura el LSD estaba llegando a su apogeo. El sol ya se había puesto, y aparecían las estrellas, que parecían adornos de navidad. Michel se tumbó mirando el firmamento. El elixir celestial permitía ver el espectro de colores de cada estrella. Los radiantes colores se propagaban creando la ilusión de unas esferas sólidas, luminiscentes.

Ahí timidamente y con voz entrecortada, SImeon se dirigió a Foucault:

  • Hemos concebido el Universo…una majestuosa procesión de nimiedades bellísimas, un espectáculo intemporal. Esta visión hace que todo lo demás parezca una gran broma.

Foucault sonrió y miró la bóveda celeste ahora negra y brillante, con su mirada y le dijo.
El cielo ha estallado y llueven estrellas sobre mí. Sé que esto no es cierto, pero es la VERDAD.

 

Al rato, que podría haber sido un minuto o milenio, el querido pelado cada vez más conectado con todo dijo.

La única cosa en mi vida con la que puedo comparar esta experiencia es el sexo con un extraño. El contacto con un cuerpo desconocido ofrece una experiencia de la verdad similar a lo que estoy viendo ahora.

 

Y ya al final, después de poner un cassette de un preludio a un tema de Bach, confiesa tiernamente.

  • Soy muy feliz – nos dijo con lágrimas cayéndole de los ojos- Esta noche he obtenido una nueva perspectiva de mi mismo. Ahora entiendo mi sexualidad.Todo parece empezar con mi hermana.
  • ¿Crees que esto afectará a tu trabajo? –LE PREGUNTÉ.
  • Sin duda. respondió.

Bien entrada la noche Micke sugirió partir. Foucault dijo que podía seguir ahí toda la noche, pero si querían irse, lo haría.

Después del viaje: filosofía, poder y transformación

Volvieron a su motel inn, al rato.

 

Foucault estaba maravillado aún con los rezagos de la noche anterior. Pensaba que este lugar se volvería muy conocido. Simeon le dijo, que si le apetecía, le podía regalar un poco de LSD para que se llevara a París, a lo que Foucault, aceptó con buena gana. Y les preguntó si debería hablar de este viaje, de la naturaleza especial de nuestro viaje -dijo- cuando regresemos.

Eso espero- Respondió Simeon.


Foucault todavía debía hacer su charla en Claremont, la universidad donde trabajaba Simeon. Pero no ese día, así que se dirigieron a una pequeña fiesta, en la casa de unos amigos de Mike y Simeon.

Ahí como era de prever, Foucault fue el centro de la atención, lo bombardearon de preguntas filosóficas. Era adorado por los jóvenes, que lo besaban y abrazaban, Foucault no le importaba, se entregaba, y compartía. A un estudiante joven le recomendaba que estudiara los mecanismos del poder y que no se concentratara en la literatura. Otro un poco más joven le agradeció por su trabajo que lo ayudó a salir del closet. A esto Foucault lo contradijo, que era muy gentil de su parte, pero su trabajo no tenía nada que ver con la liberación gay. No he escrito nada sobre ese tema.

De hecho, ahí lanza una infidencia polémica, pero entendible, diciendo, que le gustaba más el movimiento cuando todo era más solapado, tapadillo. Cuando la escena gay era más una fraternidad clandestina, excitante y un poco peligrosa.

Para empezar, creo que el término gay ha quedado obsoleto y pasa lo mismo con cualquier otra palabra que denote una orientación sexual específica. Esto se debe a la transformación de cómo entendemos la sexualidad. Comprendemos hasta qué punto nuestra búsqueda de placer se ha visto limitada, en gran medida, por el vocabulario que se nos ha impuesto. La gente no es otro o lo otro, gay o hetero. Hay una gama infinita de eso que llamamos comportamiento sexual, además de términos que impiden poner en práctica esa gama, es decir, que estereotipan el comportamiento y que son incorrectos y engañosos.

La verdad es que Foucault estaba muy a gusto con sus anfitriones, con su gente, con la naturaleza, con la libertad Californiana, comparada con el estiramiento parisino. Sin embargo ya se hacía tarde y se devolvieron al motel, no sin antes concertar un senderismo matinal a la cabaña de un estudiante que le había agradecido a Foucault, por su trabajo, el cual era su tesina de posgrado. El estudiante vivía en Bear Canyon.

Juventud, crisis y búsqueda de sentido

Este era un lugar rodeado de pinos y cedros, en la montaña, estaba en pendiente, una gran cabaña construída de madera, con un arroyo prístino que les daba la bienvenida con su canto matinal. Ahí los recibía David, el estudiante, que estaba haciendo yoga en su esterilla, también había una chica muy delgada que tomaba sol desnuda en la terraza, y se escuchaba música country, luego Mozart y Mahler. Chris, otro joven que estaba de visita, tocaba su guitarra. Mientras más gente volvía con leña del bosque.

 

Y de nuevo ocurría lo recurrente, frágiles jóvenes intelectuales se acercaban al maestro. En este caso Jake, un alumno de Claremont, que estaba profundamente afectado por el concepto de entropía, y que le decía que por la actualidad política -guerra de Vietnam- se sentía perdido.

-De joven debes estar perdido – repuso Foucault- Si no es así, se debe a que no te estás esforzando. Es una buena señal. Yo también estaba perdido de joven.

– ¿Debería arriesgarme en la vida? prosiguió Jake con ternura.

– ¡Por supuesto! Prueba suerte, juégatela, mete la pata…

– Pero yo quiero soluciones

-No hay soluciones

– Pues como mínimo algunas respuestas.

¡No hay respuestas!

 

Tras este diálogo el grupo se dispersa, algunos van a por setas y leñas al bosque. Otros continúan conversando. A la vuelta, la conversación se pone más intelectual. Foucault lanza frases contra el existencialismo, que ha degenerado en una especie de hedonismo, en una obsesión por la propia experiencia vivida a expensas del trabajo, el estudio y la observación.. Nos hemos olvidado de cómo trabajar duro.

El intelectual es un creador de herramientas y no puede establecer, ni siquiera prever, cómo la gente usará las herramientas que él fabrica.
Además le daba valor a Gramsci por marcar un camino divisorio en el partido comunista y de discernir con la cúpula, cuando nadie lo hacía.
Y que no hay una teoría general del psicoanálisis, cada uno debe hacerlo por sí mismo. Aquí se refería a las escuelas más de la represión sexual de Freud, o la motivación de cooperar y crear lazos en la ayuda mutua de Adler. Para cada persona, el psicoanálisis es diferente, es tarea de uno encontrarlo.
Foucault se pone a cortar leña a posteriori, lo que hacía con gran celeridad. Nuestro narrador, Simeon, se acerca, y escucha como se le escapaba la palabra bajita a Michel: Jouissance.
Que es goce. Foucault estaba gozando en esa casa, una vez más, sin LSD, pero en la naturaleza, en contacto con la materia y con buena compañía.


Volviendo a lo intelectual, Foucault continuab. Nietzsche usaba el poder del individuo como un instrumento para combatir el orden moral establecido, pero no pertenece de ningún modo a la tradición del individualismo, que sitúa al individuo como lo más importante en el contexto histórico.
De hecho, Nietzsche exponía lo poco responsable que es un hombre de su naturaleza, especialmente en lo que respecta a su moralidad. La moralidad ha sido fundamental para la existencia del individuo. Este es contingente, se forma por el peso de la tradición moral, no es realmente autónomo.

Su interlocutor, David, el dueño de la casa, le dice que eres nietzscheano, en el sentido que vives peligrosamente.
¿Por qué dices eso? Le pregunta con una sonrisa Foucault.
Por tu viaje con los muchachos, al valle de la muerte.

A lo que se ríe el francés, diciendo que no, que siempre estuvo protegido.

Acto seguido responde a otra pregunta, que no le gustaba la coca, que era anti afrodisiaca.

Luego el mismo David, le dice a Foucault, que lo que le gusta de él, es que no está inmerso en sí mismo, no como él, que está en un bucle de autoexposición y que por eso estudia la fenomenología.
No ayuda en nada preocuparse sobre si se está demasiado absorto en uno mismo; eso sólo intensifica la introspección- repuso Foucault. Si eso es lo que tu mente está haciendo en determinado momento, déjala hacerlo. No es algo que deberías evitar.
– A veces siento que simplemente debería olvidarme de todas estas preguntas sobre mí mismo- prosiguió David- Es una pérdida de tiempo y energía, contraproducente en cierto sentido.
– Al contrario, deberías abrirte camino a través de estas preguntas subjetivas, sobre todo en tu juventud- comentó Foucault-. Una persona que haya hecho eso estará en mejor forma psicológica en la treintena y también después. Si la gente no atraviesa estas crisis psicológicas pasajeras cuando es joven, tendrá probablemente problemas pasados los treinta.

 

Dejarse llevar por las preguntas subjetivas existenciales, ¿Como podría vivir? ¿Cómo podría ser feliz? ¿Qué tipo de vida quiero perseguir? No está mal ensimismarse y vivir esas preguntas, el que no lo hace, el que hace caso omiso a aquello, llega con problemas de todo tipo a la más avanzada edad. En fin. No es menor meterse en esto.

 

Finalmente en la Universidad de Claremont, Foucault seguía en ese estado sociable y afable, le reconoce a una colega de Simeon, que el viaje del valle de la Muerte había sido la mejor experiencia de su vida.
Era el momento de la charla y preguntas, Foucault hace su exposición empieza a responder preguntas bien cabezonas de los alumnos, les dejó un último popurrí, de sus mejores partes:
El poder es algo que opera a través del discurso, puesto que el discurso mismo es una pieza en un sistema estratégico de relaciones de poder. Sigue con otra respuesta.
El cuerpo humano es, como sabemos, una fuerza de producción, pero el cuerpo humano no existe tal cual, como un artículo biológico, como una pieza de material. El cuerpo humano existe en y a través de un sistema político…El trabajo no es la esencia concreta del hombre. Si este trabaja, si el cuerpo humano es una fuerza productiva, se debe a que está obligado a trabajar. Otra más.
El poder no opera en un único lugar, sino en varios: en la familia, en nuestra vida sexual, en la manera en que se trata a los locos, en la exclusión de los homosexuales, en las relaciones entre hombres y mujeres, etc. Todas ellas son relaciones políticas. Aquí vemos porque Foucault ha sido tan importante para el progresismo, sobre todo en esos años.

Finalizada la charla Foucault, dice no entender la burla europea contra los modales de EE.UU, al famoso small-talk.
Pasamos mucho tiempo entre desconocidos, así que ¿Por qué no disfrutarlo? Es probable que pasemos al menos tres cuartas partes de nuestro tiempo en breves encuentros con la gente. Encuentros fortuitos, quiero decir. Por tanto, este modo de relacionarse es muy importante¿Por qué adquirir hostilidad cada vez que hacemos compras? ¡Se amable con los cajeros y dependientes! El antagonismo entre nosotros solo mina la energía que podría y debería dirigirse contra los sistemas de poder que nos oprimen.
Exacto, no odies al jugador, sino el juego.

Pero ya era tiempo de volver. Lo irían a despedir al aeropuerto la pareja de Simeon, Mike y además, David, el dueño de la cabaña de la montaña.

Debemos ser capaces de verbalizar nuestro propio relato, de documentar y comunicar las historias de nuestra infancia, de nuestra vida. De este modo podremos superar las tergiversaciones del mundo exterior que nos imponen. Les dice.

 

Luego Foucault se empezaría a alejar con una novela de Zola en la mano.
No sería la última vez que se verían, era la primera de varias reuniones en California. Y me voy despidiendo. Y reitero algo que dije en el episodio pasado de Huxley con una frase de Jung. Tengan cuidado con la sabiduría que no se han ganado.
Foucault pudo disfrutar tanto ese momento porque se había metido desde joven en sí mismo, en sus preguntas. Esto no es una apología a las drogas, sino, a la aventura, a probar cosas nuevas, a vivir peligrosamente y a adentrarse en el misterio.

Hasta la vuelta, chau!

 

 

 

 

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