Vendimias francesas Pic Saint Loup

La mañana está fresca y húmeda, la lluvia de la noche acabó el verano.

Como la gran mayoría de viñedos, la parcela que vamos a trabajar se encuentra entre Coteaux (colinas) que cubren las parcelas, en este caso de la región de Pic  Saint  Loup.  Mientras pasamos en  el  Kangoo por la cúspide   de una colina el sol    irrumpe abruptamente. Como si nos estuviera esperando, pintando el cielo de distintas tonalidades de morados y naranjos.  Cruzamos miradas con Caro, que me sonríe con sus ojos celestes, que esta mañana tienen algo de grises. El amanecer nos alivia el dolor físico que arrastramos.

A diferencia de otras jornadas, hoy toca recolectar para unos viñateros del Valle de la Loire, del centro norte de Francia. Quienes producto de las heladas han perdido más de la mitad de su producción, lo que lo ha obligado a comprar uvas sureñas de Languedoc, en este caso Syrah y Grenache.

Al llegar, conocemos a los viñateros. Caro se ríe del aspecto rudo de ellos, quienes fuman a las 8 a.m y planifican a los gritos la jornada. Son Anne, una mujer ruidosa y de voz ronca, y Nicolas quien viste de negro completo, incluido un ojo en tinta. Más que productores de vinos naturales, parecen matones, lo que como patrones, funciona.

Yo por mi cuenta, necesito conseguir otra vendimia, por lo que comienzo a probarle a Anne que trabajo bien. Eso significa intensidad, sin importar que la espalda y las rodillas me pidan basta. Además un poco de carisma nunca viene mal. Aparentemente le cae en gracia mi acento y mi espíritu aventurero. Espero que me pueda recomendar para seguir la ruta del vino.

La recolección marcha bien, las uvas están maduras y no tan bajas, lo que mi espalda agradece. Pero por lo que le escucho a Anne, van a llamar más gente para terminar más rápido. El camión tiene que partir hoy mismo para comenzar la vinificación, son más de seis horas de viaje y para productores pequeños, la calidad es todo. No pueden permitirse que comience la oxidación de las uvas.

Mientras hacemos una pequeña pausa, llega el  segundo grupo. Ahora somos casi 15 personas, una sueca, dos italianos, un polaco, dos alemanes, franceses y un chileno, en total seis nacionalidades. Comienza rápidamente la camaradería que caracteriza la vendimia, y a trabajar.

Por primera vez me siento en Europa en casi siete meses. No en Occitania, Cataluña, Castilla, País Vasco, sino que Europa. Y es una revelación.

Las vendimias de por sí son un trabajo duro, es recoger uvas, estar agachado y estar expuesto al sol. Pero tienen el gran atractivo de no necesitar mayor formación y sin son logé et nourri (que incluyen comida y alojamiento).  Podrás compartir techo y cocina con los dueños viviendo en comunidad. Para alguien que quiere aprender el oficio del vino compartir con los viñateros, degustar y vivir el proceso de hacer vino es un lujo, y como viajero, compartir con gente de otras partes del mundo, es mi esencia. Enriquecedor tanto profesionalmente, como en lo humano. Estoy en mi salsa.

Esta convivencia en otros campos laborales no sería posible, como por ejemplo en los típicos trabajos de oficina. Donde el ego y estatus  condicionan un ambiente de competencia sobre  cooperación. Aquí no, en la viña casi no hay jerarquías, no hay competencias desleales, solo trabajo en equipo. Porque hasta los jefes se ensucian las manos, algunos ya mayores y sin necesidad financiera de hacerlo. Pero cuando se ama el oficio, eso se transmite, es lo que llaman liderazgo, lo que como trabajadores trasunta en dar lo mejor.

La llegada del segundo grupo acelera la jornada. Comparto una hilera con un italiano y polaco. Nos comunicamos en “Itañol”, viven  cerca de Roma, y ya me invitaron a su pueblo. Como tantos otros, aprovechan la temporada de vendimias de Francia donde se paga mejor.

En un par de horas hemos terminado. Nuestros matonescos jefes están contentos y deciden celebrar invitándonos a un picnic. Mientras van en busca de  comida y bebidas, los demás esperamos a la orilla de la viña  sentados en la tierra, debajo de los árboles. El viento apenas sopla, y disfrutamos un momento de paz y descanso. Es la naturaleza en su estado más dulce.

Mientras la mayoría descansa, el polaco recorre cada rincón de la parcela olfateando especies. No está loco, la explotación está cubierta de romero, laurel y tomillo.  Es el sur de Francia, el campo es un jardín. La pareja italiana cantan a dúo canciones de amor mientras los demás los escuchamos cautivados.

¿Yo? Contemplo, sucio, echado boca arriba sobre la tierra con una cerveza tibia en mano.  Pero qué más da.  Soy afortunado y agradezco en silencio. Como pocas veces el trabajo no se siente trabajo, no es una obligación, sino un placer.

Esta es la Europa que más me gusta, la que abre sus puertas, la que es fraterna y universal.

Fuente: Blog Vida Carretera

 

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